Esta es una de esas ocasiones en que desearía, cuando tuve la idea brillante para esta entrada de la serie, haber sido un poco más explícito con las notas
Porque, cuando ataqué la redacción de la
misma -dos semanas antes de la publicación (ventajas de ir con adelanto), pero
probablemente un mes después de que se me hubiera ocurrido-, todo lo que tenía
eran estas ocho palabras:
Simplemente, nos tomamos las cosas con más filosofía
Y claro, me quedé preguntándome qué demonios
había querido decir, o a qué me estaba refiriendo, o sobre qué pensaba cuando
las escribí. De hecho, mientras se iba aproximando el día en que tendría que escribirla,
confiaba en que mi memoria -esa que, en ocasiones, funciona mejor cuando la
dejo trabajar en segundo plano- recuperara el tema. Y, de hecho, creo que puedo
haberlo hecho. En cualquier caso, no tengo un tema alternativo mejor sobre el
que escribir, así que ahí va.
La cosa es (probablemente) que, reflexionando
sobre mí mismo en particular, y sobre mi generación en general, llegara a la conclusión
de que hemos avanzado en la vida, en nuestra evolución de carácter, a un ritmo
más pausado que nuestros padres (y no digamos nuestros abuelos).
En mi caso, a veces pienso que mis reacciones
o mi actitud frente a la vida es, en cierto modo, inmadura, o que no se
corresponde con las casi seis décadas de vida que llevo a cuesta. Y no es que
me arrepienta o avergüence de ello: como suelo decir -mitad en broma, mitad en
serio, como casi todo lo que digo-, ser como uno de esos pequeñuelos es
una de las bazas que tengo para ir al reino de los cielos (luego vendría lo de
no saber mantener la boca cerrada y fastidiarlo todo, pero ese es otro tema).
Y puede ser también, y aquí enlazo con la nota del principio, que me tome las cosas con filosofía, con escepticismo, con una sana falta de dramatismo. O, al menos, que esa sea mi actitud exterior mientras la procesión va por dentro.
Un inciso final: ya me parecía a mí que este tema lo había tratado antes... (dos veces, de hecho).
