Han pasado tres semanas desde la Ascensión del Noveno Pueblo.
Tres semanas sin semáforos insurrectos, sin
papeleras sindicalistas, sin bancos existencialistas, sin radiadores
temperamentales, sin parquímetros tiránicos, sin columpios diplomáticos ni
toboganes serpenteantes.
Tres semanas sin vibraciones, sin chorros
inesperados, sin mensajes escritos con vapor o monedas voladoras.
Tres semanas de silencio.
Un silencio tan profundo que, en cualquier
otro lugar, sería paz.
Pero aquí, en el hueco que dejó el Noveno
Pueblo, ese silencio pesa.
Pesa como si contuviera demasiada memoria.
1. El cráter
Dicen los niños que el hueco donde antes
estaba el pueblo parece una cicatriz gigante.
Dicen los adultos que se parece más a una
mordedura.
Yo creo que es las dos cosas: la marca de
algo que se fue… y la prueba de que algo lo llamó.
Porque el suelo no está roto.
No está quemado.
No está hundido.
Está… liso.
Como si el Noveno Pueblo hubiera decidido
plegarse, levantarse y marcharse sin dejar rastro físico, solo un rastro
emocional.
A veces, si se camina por la zona al
atardecer, se oye un eco.
No un eco de pasos.
Un eco de objetos.
Un clin, un crac, un clonk,
un shh, un bip, un tic.
Como si allá arriba —donde quiera que “arriba”
sea ahora— todos ellos siguieran funcionando, reorganizándose… viviendo.
2. Los que quedamos
Los vecinos, dispersos por pueblos cercanos,
hablan entre susurros.
Algunos dicen que el Noveno Pueblo ascendió
porque estaba cansado de sostenernos.
Otros creen que había algo más grande, más
antiguo, más profundo en sus cimientos, esperando el momento de despertarse.
La señora Paredes asegura haber visto, una
noche, un destello en el cielo y haber oído un piiiiii‑clonk que reconocería en
cualquier parte.
Dice que era su radiador.
Su radiador diciéndole adiós.
El antiguo concejal de Alumbrado se niega a
hablar del tema.
El de Climatización llora cuando ve una
estufa.
El de Parques y Recreo no se acerca a un
columpio ni aunque le paguen.
Yo… bueno, yo sigo escribiendo.
Porque si algo he aprendido es que cuando un
pueblo entero se va volando hacia la estratosfera, alguien tiene que dejar
constancia de la locura.
3. El rumor
Últimamente circula un rumor.
Uno pequeño y absurdo, como todos los rumores
grandes que nacen en pueblos pequeños.
Dicen que, algunas noches claras, si miras al
cielo desde cierto ángulo justo en el hueco del pueblo desaparecido, se puede
ver una luz extraña moviéndose.
No una estrella.
No un avión.
Una luz rectangular.
Una luz que parpadea en blanco y rojo.
Una luz que parece… una señal de tráfico.
Dicen también que una vez cayó del cielo un
papel.
Un ticket.
Con un mensaje incompleto.
Solo tres palabras impresas: “SEGUIMOS
AQUÍ ARR…”
El viento se llevó el resto.
4. La despedida
No sé si volverán.
No sé si querrían hacerlo.
Quizá el Noveno Pueblo encontró en el cielo
lo que nosotros no supimos darle: espacio, libertad, luz limpia, distancia del
caos humano.
Quizá allá arriba están reorganizando su
sociedad de objetos autónomos.
Quizá se ríen de nosotros.
Quizá nos echan de menos.
Quizá nunca más quieran saber nada de los
humanos que no limpiaban bien las ranuras de las rejillas.
Pero esto sí lo sé: Si algún día escucho un cric-crac
conocido, si una farola solar vuelve a inclinarse antes de tiempo, si un
columpio aparece en un campo aislado como si hubiera caído de una gran altura…
Sabré que han vuelto.
Y volveré a escribir.
Hasta entonces, solo puedo decir: Gracias,
Noveno Pueblo.
Fuiste absurdo, fuiste brillante, fuiste
imposible.
Y fuiste nuestro.
FIN DEFINITIVO… ¿o no?












