Voy a ser sincero: llevaba varios días observando el pueblo con suspicacia. Después de la rebelión de buzones, papeleras, bancos, fuentes, semáforos y pasos de peatones, empecé a caminar mirando al suelo, a las paredes, a los tejados, intentando adivinar cuál sería el próximo objeto en despertar. Y aunque no esperaba paz, desde luego no esperaba esto.
Porque ahora son… los bolardos.
Sí, esas pequeñas columnas de hierro o
cemento que nadie respeta, que todos rodean, ignoran o golpean con el coche
“sin querer”. Esos guardianes del borde de la acera que llevan años sufriendo
embestidas, tropiezos y perros desconsiderados. Pues bien, han dicho basta.
Todo empezó esta mañana, cuando salí a
comprar pan (otro intento fallido de mantener una rutina normal en un pueblo
que decidió prescindir de la normalidad hace semanas). Al pasar por la Calle
del Cerezo Impuntual, me di cuenta de que algo estaba “fuera de sitio”, aunque
no sabía exactamente qué. Y entonces lo vi.
Uno de los bolardos —el tercero empezando por
la izquierda, el que siempre ha tenido una ligera inclinación de “estoy harto”—
estaba un metro más adelante de su posición habitual.
Me quedé quieto.
Lo miré.
Y él… se inclinó.
No sé cómo explicarlo. No tiene
articulaciones, ni bisagras, ni nada que permita semejante movimiento. Pero lo
hizo. Y después de inclinarse, se desplazó otro par de centímetros, dejando un
surco suave en la acera, como si estuviera estirando las piernas antes de un
maratón.
— No puede ser —murmuré.
Y justo en ese momento, como si hubieran
estado esperando una señal, todos los bolardos de la calle empezaron a moverse
a la vez. Primero un ligero temblor. Luego un desplazamiento lento y grave. Y
por último, una marcha firme, uno detrás de otro, como un pequeño ejército de
cilindros enfadados.
Los vecinos se asomaban aterrados desde las
ventanas.
Los bolardos avanzaron hasta la plaza
central, deteniéndose delante del Ayuntamiento (el pobre edificio ya ha sido
testigo de demasiadas manifestaciones materiales últimamente). Allí, se
colocaron formando dos filas perfectas, como si estuvieran delimitando un
camino ceremonial.
Y entonces apareció Él.
El Gran Bolardo.
No sabía que existía, pero ahí estaba: más
alto, más grueso, más antiguo. Tal vez una reliquia del siglo pasado. Tal vez
un error del arquitecto. Tal vez una leyenda urbana materializada. Pero lo que
sí sé es que avanzó con una solemnidad que helaba la sangre.
Al llegar al frente, emitió un sonido
metálico grave, como una campana golpeada desde dentro. Los demás respondieron
con pequeños golpes rítmicos contra el suelo.
Era una asamblea.
Un mitin.
Una declaración de intenciones.
En ese momento llegó el concejal de
Infraestructuras Menores —el único cargo cuya existencia desconocíamos hasta
hoy— jadeando como si lo persiguiera una estampida de contenedores. Observó la
escena, tragó saliva, y dijo: — Están… protestando por invasiones indebidas del
espacio peatonal.
Y por una vez, no pude discutirlo. Si hay
algo que los bolardos han soportado durante años son coches que se suben donde
no deben, motos que los esquivan con desprecio y peatones que los patean
accidentalmente y luego les echan la culpa. La paciencia de un bolardo tiene
límites. Al parecer.
El Gran Bolardo dio otro golpe, más fuerte, y
todos los bolardos comenzaron a moverse formando círculos concéntricos
alrededor de la plaza. Era como observar un ritual mágico, una máquina de
relojería urbana que por primera vez cobraba vida. Después, avanzaron en masa
hacia las calles principales y… bloquearon el paso de todos los vehículos.
Ni coches.
Ni motos.
Ni bicicletas.
Ni siquiera el carrito eléctrico de la señora
Hortensia.
El Noveno Pueblo está, desde esta tarde,
oficialmente incomunicado.
Los bolardos parecen satisfechos. No se
mueven. No aceptan negociación. Y cada vez que alguien intenta retirar uno,
este emite un sonido metálico tan amenazante que todo el mundo retrocede
instintivamente.
¿Volverán a sus lugares?
¿Negociarán?
¿Implantarán su propio sistema de tráfico?
¿Exigirán días libres, aceite lubricante o
reconocimiento patrimonial?
No lo sé. Sólo sé que esto no ha terminado.
El mobiliario urbano está despertando… y
nosotros solo podemos mirar.





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