Voy a decirlo claro: yo creí que nada
—repito, nada— podía superar lo vivido con los semáforos, las farolas y los
bancos del parque. Pero el Noveno Pueblo, fiel a su irreductible vocación de
circo municipal espontáneo, ha decidido demostrarme una vez más que mi
capacidad de sorpresa es, cuanto menos, insuficiente.
Porque esta vez no se ha rebelado algo
solemne como las farolas, ni algo filosófico como los bancos. No.
Esta vez se han rebelado… las papeleras.
Todo empezó ayer por la mañana, cuando salí a
tirar un simple ticket (ese que guardas “por si acaso” y que en realidad nunca
necesitarás). Caminé hacia la papelera de la Calle del Almendro Triste —una
vieja amiga, metálica, con un óxido que ya forma parte del paisaje— y, al
acercarme, ocurrió lo impensable: se movió.
No fue un movimiento brusco, no; fue un
desplazamiento lateral elegante, casi coqueto, como si la papelera quisiera
esquivarme. Yo me quedé quieto, con el ticket en la mano y cara de estatua
recién inaugurada. La miré. Me miró (sí, sí, a su manera). Di un paso adelante…
y la muy sinvergüenza retrocedió otro.
Sospeché, por supuesto. Podía ser una
alucinación matinal, fruto de mi desayuno apresurado (nunca es buena idea comer
galletas caducadas), pero entonces miré a la derecha y vi que todas las
papeleras de la calle estaban moviéndose también. No alocadamente, no: estaban
levantadas en armas. O mejor dicho, en tapas.
Una de las papeleras nuevas, con ese diseño
moderno que parece un cubo existencialista más que un contenedor, se inclinó
hacia otra y, para mi horror, emitió un sonido hueco. Un toque seco, metálico,
como si se estuvieran comunicando a base de percusión tribal. Y las demás
respondieron con golpes rítmicos.
Si hubiese tenido un tambor, me habría unido
sólo para no desentonar.
En ese momento apareció la señora Arrieta —la
que camina todas las mañanas con un carrito lleno de verduras frescas y
opiniones contundentes— y, sin darse cuenta de la situación, intentó tirar un
envoltorio de pepino en una de ellas.
La papelera se apartó de un salto lateral
digno de un bailarín profesional.
La señora Arrieta gritó. El envoltorio cayó
al suelo. Y, en ese instante, todas las papeleras hicieron algo que jamás pensé
que un objeto podía hacer: se dieron la vuelta y formaron un semicírculo
alrededor del envoltorio, pero sin recogerlo.
La protesta estaba clara: “Bastante hemos
recogido ya. Ahora os toca a vosotros.”
No sé si me entendéis: las papeleras estaban
literalmente en huelga.
Una revolución laboral de mobiliario urbano.
Al enterarse, el concejal de Limpieza Urbana
(el tercero de la saga, porque en esta familia las responsabilidades públicas
se reparten como si fueran cromos) declaró que “las papeleras están
experimentando un comportamiento anómalo debido a una resonancia estructural”.
Sí, claro. Resonancia estructural. Y yo soy
un búho.
La cosa empeoró por la tarde. Las papeleras
empezaron a desplazarse hacia la plaza principal y allí formaron lo que solo
puedo describir como una asamblea de cubos ofendidos. Algunas chocaban
suavemente sus tapas a modo de aplauso. Otras se inclinaban hacia la papelera
central, como si pidieran turno de palabra. Y la más antigua —una reliquia de
hierro fundido con más golpes que un tambor de guerra— parecía presidir la
reunión con autoridad ancestral.
Lo más preocupante es que ninguna ha vuelto a
aceptar basura. Ni pañuelos, ni bolsas, ni chicles. Nada. Todo rebota. El
Noveno Pueblo empieza a acumular residuos en los bordes de las calles, y los
vecinos están entrando en pánico. La señora Arrieta asegura que esto es el
preludio del fin de los tiempos. Yo, sinceramente, creo que esto es solo el
preludio del fin de la paciencia del servicio de limpieza.
Y mientras escribo, veo desde mi ventana cómo
una hilera de papeleras avanza por el Paseo del Nogal, avanzando con la
determinación de quienes han dicho: “Hasta aquí hemos llegado”.
¿Volverán a trabajar?
¿Exigirán descanso indefinido?
¿Fundarán su propio sindicato?
¿Implantarán un sistema de reciclaje
autogestionado?
No lo sé. Nadie lo sabe.
Pero algo me dice que esto es solo el
principio.
¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!