Yo ya no sé qué desayunar para que este
pueblo vuelva a la normalidad. He probado café, té, infusiones misteriosas que
venden en la tienda de hierbas, incluso cacao soluble con nombres
impronunciables. Nada funciona.
Y esta mañana lo entendí: no es la bebida.
Es el pueblo.
El Noveno Pueblo ha decidido que la
normalidad es un concepto pasado de moda.
Porque hoy… las farolas solares se han despertado.
Y no cualquier farola. No.
Las nuevas.
Las modernas.
Las que instalamos hace apenas dos años, con
placas relucientes como escudos galácticos y sensores que parecían saber más de
ti que tú mismo.
El amanecer sospechoso
Salí a pasear temprano, intentando esquivar
el horario de máxima insurrección (aproximadamente entre las 10:00 y las
19:00).
Pero justo al doblar la esquina de la Calle
del Espárrago Optimista, vi algo que me heló la sangre.
Una farola solar estaba… inclinada hacia el
sol.
Como una flor.
Como una criatura viva intentando calentarse.
— No puede ser… —susurré, ya agotado del
bucle emocional.
La farola giró ligeramente.
No hacia mí.
Hacia el sol.
Como si buscara la mejor postura para
absorber energía.
Otra farola más abajo hizo lo mismo.
Y luego otra.
Y luego todas.
En pocos minutos, toda la calle parecía un
campo de girasoles metálicos haciendo fotosíntesis emocional.
El movimiento coordinado
De repente, todas las farolas solares dejaron
de inclinarse y se enderezaron a la vez.
Un sonido seco, casi marcial, resonó en la
calle: CLAK.
Y luego… se empezaron a mover.
Repito: LAS FAROLAS. SE. MOVIERON.
Pero no caminaban como los bancos, ni
arrastraban sus bases como los bolardos.
No.
Ellas deslizaban sus postes con suavidad,
como bailarinas extremadamente disciplinadas que hubieran ensayado durante
años.
Avanzaron hacia la plaza principal.
Una tras otra.
En procesión.
Como si fueran sacerdotisas lumínicas de un
culto urbano recién descubierto.
Yo las seguí, claro. No por valentía.
Por resignación científica.
La reunión solar
Cuando llegaron a la plaza, las farolas
solares formaron un círculo.
Un círculo perfecto, geométricamente
insultante para los humanos que no podemos ni colgar un cuadro recto.
En el centro, la farola más alta —la “modelo
premium”, la del sensor doble, la que todos odiábamos porque siempre detectaba
movimiento hasta cuando no había— se elevó un poco sobre su base.
Luego encendió su luz.
A plena mañana.
Las demás la imitaron, creando un aura
blanca, casi mística, que hizo que varios pájaros huyeran traumados y que el
concejal de Alumbrado (sí, otra vez él) se santiguara sin querer.
Y entonces ocurrió: Las farolas empezaron a
emitir señales luminosas.
Pulsos.
Patrones.
Códigos.
La farola líder proyectó un mensaje claro en
el suelo, usando la sombra de sus compañeras: “NECESITAMOS MÁS SOL”.
La sublevación fotovoltaica
De golpe lo entendí.
Las farolas solares estaban hartas de que las
ramas de los árboles las taparan, que los edificios les robaran luz, que la
gente dejara bicicletas apoyadas en sus bases (lo consideran falta de respeto
solar), y, sobre todo, de que el Noveno Pueblo estuviera tan eternamente
nublado por su propio caos.
Querían sol.
Más sol.
Un régimen lumínico justo.
Por eso se habían desplazado: para colocarse
en la zona más iluminada del pueblo.
Una de las farolas incluso pateó un banco
rebelde que intentaba reclamar espacio, enviándolo rodando dos metros hacia la
derecha.
El banco respondió ofendido.
La farola lo ignoró con elegancia.
El concejal intenta intervenir (otra vez)
El concejal de Alumbrado, ya convertido en
personaje recurrente de estas tragedias urbanas, se acercó con un megáfono que
no necesitaba y proclamó:
— ¡Ciudadanos! ¡Todo está bajo control! ¡Esto es una…
reconfiguración energética espontánea!
Las farolas respondieron orientándose todas
hacia él y encendiendo sus luces en modo intermitente, deslumbrándolo hasta que
tropezó con una jardinera (que, por suerte, aún no se ha rebelado).
El caos lumínico posterior
Desde esa mañana, las farolas solares solo se
iluminan cuando les da la gana. No cuando cae la noche. No cuando pasa gente. Cuando
ellas quieren. Se mueven siguiendo la trayectoria del sol, bloqueando calles
enteras.
La farola líder ocupa ahora el centro de la
rotonda mayor, sin ningún respeto por el tráfico.
Han dejado sin luz nocturna a media ciudad… y
han iluminado el campo de fútbol infantil a las 3:15 de la madrugada.
(Los niños están encantados. Sus padres no.)
¿Y ahora qué?
No lo sé.
Pero empiezo a sospechar que las farolas
solares no solo quieren sol: quieren liderazgo.
Quieren organizar a los demás objetos.
Quieren… coordinar.
Y eso, en un pueblo donde los objetos ya se
han vuelto autónomos, es una perspectiva aterradora.
¿Se unirán las luces de Navidad?
¿Las lámparas del ayuntamiento?
¿Los cargadores públicos?
¿Los paneles informativos?
Lo iremos descubriendo.
Yo, por mi parte, seguiré escribiendo… si es que la farola de mi calle me deja
dormir.
¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!