Aunque la mona se vista de seda, mona se queda
En el sabio refranero español tenemos esa
joya que nunca falla: Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Y si
hay alguien que lo borda en el Gobierno del desgaste eterno es nuestra
vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, la incombustible Yolanda Díaz,
esa gallega con peinado de peluquería de lujo que se presenta como la gran
defensora de los trabajadores mientras firma decretos que parecen sacados
directamente del manual del camarada de turno.
¡Qué progresista tan moderna! Allí está,
posando con sus modelitos impecables, hablando de democracia en el trabajo y
de ensanchar la esperanza, mientras acelera la subida del SMI a 1.221 euros
como si regalar dinero ajeno fuera la solución mágica a todo. Claro, Yolanda,
claro: sube el salario mínimo y luego que se apañen los empresarios, sobre todo
los pequeños, que son los que realmente crean empleo en este país. Porque para
eso sí que tienes prisa: para cargar contra la empresa privada mientras te tomas
un cafelito con los líderes de CCOO y UGT, esos sindicatos que viven del
presupuesto público y que ahora quieres meter a la fuerza en los consejos de
administración. ¡Ole tu comunismo disfrazado de feminismo cool!
¡Qué visión tan avanzada! Pacta hacer más
exigente la prevención de riesgos laborales, como si las empresas españolas
fueran un campo de concentración y no tuvieran ya suficiente normativa que
ahoga a cualquiera que quiera invertir aquí. Y mientras, el paro juvenil sigue
por las nubes, la economía patina y la inversión extranjera mira hacia otro
lado porque sabe que con ministras como tú lo único que aumenta es la
burocracia y el miedo a contratar.
Y para rematar la faena, ahora anda enredada
en la refundación de Sumar, diciendo que no va de personas ni de marcas mientras todo el mundo sabe que lo único que le importa es seguir agarrada al
sillón y al Falcon. Habla de alianzas democráticas contra la extrema
derecha, pero lo que realmente hace es aliarse con quien haga falta para
mantener el chiringuito montado, aunque sea a costa de romper España en
pedazos.
Al final, por mucho que se peine, se maquille
y se ponga vestidos de diseñador, la esencia sale sola: comunismo puro y duro
envuelto en papel de regalo progresista. Y los trabajadores, los de verdad,
siguen esperando que alguna vez baje el paro de verdad y no solo las
estadísticas maquilladas.























