Hoy he comprendido algo que me habría
ahorrado muchos sustos estas semanas: en el Noveno Pueblo, cualquier objeto con
forma, materia y un mínimo de autoestima puede despertar. Todo. Incluso aquello
que jurábamos que jamás se movería, no ya por pereza, sino por arrogancia
estructural.
Porque esta vez no han despertado objetos
humildes ni discretos. No.
Los nuevos insurrectos son… las señales de
tráfico.
Sí.
Esos discos, triángulos y rectángulos que
normalmente se pasan el día juzgándonos desde sus postes, ordenándonos parar,
girar, ceder, no hacer esto, no hacer lo otro.
Pues bien: han decidido rebelarse.
Y, como era de esperar, no lo han hecho de
forma humilde.
El primer signo (nunca mejor dicho)
Todo empezó ayer por la tarde, cuando
caminaba por la Avenida de la Torpeza General, esa que parece diseñada por
alguien que olvidó que los humanos tenemos límites de coordinación.
Justo a mitad de calle, me encontré con la
señal de “STOP” más conocida del barrio: alta, orgullosa, roja como un tomate
al borde del colapso emocional.
Al acercarme, sentí algo extraño.
Era como si la señal me mirara.
No con ojos, claro, pero sí con actitud.
Y entonces… giró.
GIRÓ.
La señal de STOP se dio la vuelta ella sola,
como quien se cansa de que lo ignoren y decide replantearse su vida. Se quedó
mirando hacia la pared, como si se negara a trabajar.
— No puede ser… —susurré.
La señal, sin embargo, pareció escucharme,
porque se inclinó ligeramente hacia un lado, como quien se encoge de hombros.
El motín geométrico
Seguí caminando, intentando convencerme de
que había sufrido un microdelirio. Pero entonces escuché un “clang”.
Y luego otro.
Y luego un concierto entero de “clang‑clang‑clang”
digno de una orquesta metálica
enfurecida.
Al girar la esquina, los vi: docenas de
señales avanzando juntas, arrastrando sus postes como si fueran piernas torpes
pero decididas. Había de todo: señales de prohibido, de dirección obligatoria,
de niños cruzando, de curvas peligrosas, incluso una de “circulación
restringida” que parecía especialmente orgullosa de sí misma.
Desfilaron hasta la plaza central,
encabezadas por la señal de “Precaución: obras”, que agitaba su icono
triangular como si fuera una bandera revolucionaria.
Una a una, las señales se colocaron alrededor
de la explanada, formando un círculo perfecto. Era como estar dentro de un
enorme catálogo de normas resentidas.
El manifiesto de las señales
Entonces, la señal de “Velocidad máxima 30”
avanzó al centro.
Emitió un chirrido grave —una mezcla
inquietante entre un silbido viejo y una bisagra oxidada— y todas las demás
respondieron vibrando sus postes al unísono.
Fue allí cuando comprendí el motivo de su
protesta: Estaban hartas.
HARTAS.
Harta de que nadie las tome en serio.
Harta de que los conductores las ignoren.
Harta de que los peatones las usen para
apoyarse.
Harta de graffitis, pegatinas, pelotas
perdidas y parejas que las usan de apoyo para abrazarse.
Era una rebelión digna de manual.
Interviene el concejal (por supuesto)
El concejal de Señalización Vial —del que ni
siquiera sabíamos su existencia porque siempre actúa en las sombras, como un
ninja del mobiliario urbano— llegó corriendo y, al ver la escena, abrió la boca
y la cerró varias veces antes de atreverse a hablar.
— Es… una reorganización espontánea del orden
simbólico vial —dijo, sudando.
Las señales lo escucharon y, como respuesta,
la de “Prohibido aparcar” se inclinó hacia él con tal hostilidad simbólica que
el hombre retrocedió tres pasos sin dignidad alguna.
El caos final: el pueblo sin indicaciones
A las seis de la tarde, todas las señales se
levantaron a la vez y abandonaron su círculo.
Se dispersaron por el pueblo.
Cada una se colocó en un lugar completamente
aleatorio:
La señal de “Ceda el paso” ahora está en la
entrada del panadero.
La de “Curva cerrada” se ha tumbado en un
banco como si estuviera tomando el sol.
La de “Peligro: viento fuerte” se ha subido a
un tejado, probablemente para sentirse realizada.
Y la de STOP… está delante de mi portal, como
si quisiera detenerme cada vez que salgo a comprar leche.
El pueblo entero está desorientado.
Los coches no saben a dónde ir.
Los peatones no saben si cruzar o no.
La vida misma está suspendida en un limbo
normativo.
¿Y ahora qué?
No lo sé.
Pero estoy seguro de algo: el mobiliario
urbano ha descubierto su poder.
Y nosotros… nosotros no tenemos ni idea de
cómo enfrentarlo.
Supongo que lo mejor será esperar a ver qué
decide rebelarse después.
Quizá las alcantarillas.
Quizá los contenedores de reciclaje.
Quizá los bancos… otra vez.
Sea lo que sea, aquí estaré para contarlo.
¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!