Debo admitirlo: pensé que, después del
levantamiento de los semáforos, el Noveno Pueblo había alcanzado ya su cuota
anual de surrealismo. Qué ingenuo fui. Resulta que la semana pasada solo
presenciamos el prefacio de algo mucho mayor. Porque ahora, señoras y señores
(y demás criaturas que pululan por estas calles a horas intempestivas), son las
farolas las que han decidido rebelarse.
El martes por la noche lo noté por primera
vez. Volvía a casa cargando una bolsa de pan (pan auténtico, de los de corteza
crujiente y migas puñeteras que lo invaden todo), cuando me encontré con que la
farola de la Plaza del Cardenal —esa que siempre ha tenido una luz amarillenta
que hace parecer a cualquiera un personaje de novela victoriana— estaba
temblando. Sí, temblando. Como si se hubiera hartado de soportar el peso de la
noche y quisiera deshacerse de él (o de nosotros).
Pensé que sería el viento… hasta que habló.
Bueno, “hablar” es una forma de decir. Emitió
un zumbido grave, casi musical, que subía y bajaba como si la farola estuviera
afinándose para un recital. Y luego, de golpe, estalló en un destello azul que
me dejó viendo puntitos durante diez minutos. No negaré que mi primera reacción
fue mirar discretamente alrededor para comprobar si alguien más lo había visto
(uno tiene su reputación). Pero no: la plaza estaba desierta, porque aquí la
gente se recoge pronto, por prudencia o por costumbre… o porque ya conocen
desde hace años la tendencia que tiene el mobiliario urbano de volverse
creativo.
Cuando la vista me volvió, observé algo aún
más inquietante: otras farolas estaban respondiendo. Un par de ellas
parpadeaban al unísono, otras se inclinaban levemente como saludando, y al
fondo, junto al kiosko del jubilado cascarrabias, una farola alta y delgada
empezó a proyectar sombras móviles en la pared, sombras que no correspondían a
nada que hubiera allí.
Decidí acercarme (sí, soy consciente del
error; a veces la curiosidad puede más que el instinto de supervivencia). Y al
hacerlo, escuché la versión lumínica de una conversación acalorada: flashes
cortos, largos, intermitentes… casi como si estuvieran debatiendo una moción
nocturna. Lo más extraño es que parecían enfadadas entre ellas, no con los
humanos. Una especie de guerra civil entre farolas, vaya. Una debatía; otra
refutaba; otra les daba la espalda apagándose por completo, en un acto
dramático digno de cualquier diva del teatro.
El concejal de Alumbrado volvió a
pronunciarse al día siguiente, claro. Esta vez alegó —con su bigote tembloroso
y las gafas empañadas— que el fenómeno se debía a “interferencias en la red
fotovoltaica municipal”. Ajá. Lo que yo te diga. Debe de creer que nacimos
ayer. Porque si algo dejaron claro las farolas esa noche es que no estaban
interferidas: estaban indignadas.
El miércoles la cosa escaló. Las farolas del
paseo marítimo (que ya de por sí tienen complejo de estrellas de cine, por
aquello de la brisa y los atardeceres) comenzaron a sincronizarse en un
espectáculo visual digno de un festival galáctico. Luces en espiral, destellos
secuenciales, incluso lo que parecía un mensaje en código (no descarto que
fuera una queja formal por exceso de trabajo).
Los vecinos, naturalmente, entraron en
pánico. El del quiosco dijo que aquello era “el presagio de los tiempos
oscuros”. La señora Fernanda rezó tres rosarios seguidos. Y yo… bueno, yo hice
lo único sensato: me senté en un banco, saqué mi cuaderno, y empecé a escribir.
Porque, sinceramente, ¿cuándo más voy a tener la oportunidad de presenciar algo
así?
Ahora, mientras termino esta crónica, todas
las farolas parecen haberse calmado. No sé si han alcanzado un acuerdo interno,
si están planificando su siguiente movimiento o si simplemente se han agotado.
Pero algo me dice que esto no ha terminado. Si los semáforos se rebelaron y
ahora las farolas se han organizado, ¿qué será lo próximo?
¿Los bancos del parque marchándose para
formar un sindicato?
¿Las papeleras declarando que ya no soportan
más carga emocional?
¿Las fuentes anunciando que necesitan
descanso por estrés hidráulico?
No lo sé. Pero aquí estaré para contarlo.
¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!