A estas alturas, debería estar acostumbrado a
todo. El Noveno Pueblo ha vivido insurrecciones de semáforos, farolas, bancos,
papeleras, fuentes, pasos de peatones, buzones y hasta alcantarillas que se
comportan como criaturas mitológicas húmedas.
Pero no. Siempre queda un rincón del pueblo
dispuesto a recordarme que la sorpresa es un músculo que aquí nunca deja de
ejercitarse.
Y hoy… se han rebelado los contenedores de
reciclaje.
La mañana empezó demasiado tranquila
Tuve que sospecharlo desde el principio.
En el Noveno Pueblo, la tranquilidad es un
síntoma, una antesala, una advertencia disfrazada de respiro.
Caminaba hacia la plaza con dos bolsas: una
de papel (no preguntéis por qué tengo tantas cajas de cereales vacías; la vida
es complicada) y otra de vidrio (porque las botellas de zumo deciden
reproducirse en mi cocina).
Los contenedores estaban allí, alineados como
siempre: el verde con su boca circular, el azul con esa tapa rectangular y
dramática, el amarillo con su gesto de “échame plástico si te atreves”.
Me acerqué al azul.
Levanté la tapa.
Y la tapa… bajó sola.
— Oye —dije, como si regañara a un
gato—, no estoy de humor para esto.
Volví a levantarla.
Volvió a bajarse.
Y entonces, en un acto de insubordinación que
rozaba la insolencia, el contenedor se desplazó medio metro hacia atrás.
Yo me quedé con la bolsa de papel a medio
camino, congelado en una postura que debería prohibirse por ley.
Y lo peor no fue eso.
Lo peor es que los otros contenedores
empezaron a imitarlo.
— No puede SER —exclamé, y una señora
que pasaba a mi lado murmuró: — Hijo, aquí ya nada sorprende.
Tenía razón. Y aun así…
La marcha cromática de los contenedores
Los contenedores se pusieron en movimiento.
Primero un temblor suave, apenas perceptible.
Luego un arrastre decidido, casi orgulloso.
El verde se inclinaba hacia los lados como si
quisiera estirar la espalda después de décadas de digestión de botellas.
El amarillo hacía un sonido metálico parecido
a un carraspeo indignado.
El azul avanzaba con la solemnidad de un
monje medieval cargando conocimiento prohibido.
Se reunieron en la plaza central, donde ya
han ocurrido más protestas inanimadas que en cualquier manual de sociología.
Y allí, para mi horror, se colocaron en
formación, ordenados por colores como si fueran parte de una bandera
desconocida o preparando una coreografía.
El contenedor verde —el más alto, el más
fornido, el que siempre parece juzgarte por no lavar los tarros antes de
tirarlos— avanzó al centro.
Emitió un sonido profundo, casi gutural: un GLUNK
que resonó por toda la plaza.
Los demás respondieron con un CLONG al
unísono.
Era un discurso.
Lo sé porque el contenedor azul asentía, el
amarillo vibraba con dramatismo, y el marrón (que juraría que no estaba allí
hace un rato) daba saltitos pequeños como un alumno nervioso.
El motivo de su revolución
En este punto, podía haber sido cualquier
cosa: sobrecarga de basura, falta de respeto, la eterna guerra del vidrio mal
clasificado, el abandono emocional de quienes prometen reciclar y luego no
reciclan nada.
Pero no. Era algo más profundo.
Los contenedores estaban hartos de que la
gente no supiera reciclar.
Sí. Esa era la causa.
Un grito silencioso de décadas: “El vidrio
NO va en el amarillo”, “El cartón NO va en el verde”, “El
plástico NO va en el marrón”.
Un tormento eterno. Una tortura diaria.
Y claro, al final han estallado. Cualquiera
lo haría.
La llegada del concejal especializado (porque
siempre aparece uno)
El concejal de Gestión Selectiva —un puesto
que sospecho que se inventaron ayer mismo— llegó corriendo, con seis folletos
explicativos en la mano y cara de no saber por dónde empezar.
— Señores contenedores —dijo,
intentando mantener la dignidad—, comprendemos su malestar, pero…
Pero no pudo terminar.
El contenedor amarillo avanzó hacia él con un
movimiento tan intimidante que el pobre hombre retrocedió sin mirar, tropezó
con una jardinera y cayó dentro de un seto.
Las almas nobles del pueblo fingimos no
haberlo visto.
La consecuencia inmediata
Los contenedores se han dispersado por las
calles cambiando sus posiciones al azar.
Ahora:
El vidrio está donde antes estaba el
plástico.
El plástico se ha colocado frente a la
farmacia.
El papel se ha tumbado sobre un bordillo como
si estuviera tomando el sol.
El contenedor marrón ha desaparecido
misteriosamente (no sabemos si se ha escondido o si ha fundado una colonia).
El pueblo entero está confundido.
Nadie sabe qué reciclar dónde.
El caos ecológico es absoluto.
Un desastre ético.
Una tragedia urbana.
¿Y ahora qué?
No lo sé.
Pero lo siento en el aire: el mobiliario del
Noveno Pueblo está llegando a un clímax.
Una sinfonía final.
Una convergencia de fuerzas inanimadas con
voluntad propia.
Quizá los contadores eléctricos despierten.
Quizá las marquesinas del autobús.
Quizá los columpios del parque.
Quizá… bueno, casi cualquier cosa.
Y cuando eso ocurra, yo estaré aquí.
Cuaderno en mano.
Al borde del colapso nervioso.
Pero fiel al relato.
¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!