Debo confesar que, después del levantamiento
de los pasos de peatones, pasé dos días con la vaga esperanza de que el
mobiliario urbano del Noveno Pueblo se hubiera quedado sin ideas. Es decir,
¿qué más podía despertar? ¿Qué más podía organizar una revuelta sin caerse a
trozos o oxidarse en el proceso? Pues bien, no debería haber subestimado a
nadie, y menos a los objetos que llevan décadas tragándose nuestras quejas,
facturas y postales cursis.
Porque ahora… se han levantado los buzones.
Todo comenzó ayer, cuando me dirigí al Buzón
Amarillo del final de la Calle de los Zapatos Improbables. Tenía que enviar una
carta importante: una reclamación al fabricante de mi tostadora, que insiste en
escupir las rebanadas con una violencia que podría competir en deportes
olímpicos. Pero cuando llegué al buzón, me encontré con algo extraordinario.
El buzón estaba de espaldas.
Sí, de espaldas. Girado completamente hacia
la pared, como un niño enfadado que decide ignorarte porque no le dejaste comer
galletas antes de la cena. Me acerqué, un poco desconcertado, y extendí la
carta hacia la ranura sin atreverme a decir nada (por si acaso… a estas alturas
uno no sabe qué espera de un objeto inanimado). Pero en cuanto mi mano estuvo a
pocos centímetros, el buzón se deslizó hacia la derecha.
— ¿En serio? —dije en voz alta.
Y sí, en serio. Se apartó con un movimiento
suave pero firme. Intenté acercarme de nuevo y volvió a moverse, esta vez
haciendo un ruido metálico muy parecido a un bufido.
En ese momento escuché un ruido extraño
detrás de mí, como el arrastre de cajas pequeñas. Me giré y vi que otros
buzones estaban saliendo de sus esquinas, fachadas y soportes, avanzando
lentamente por la acera como un ejército de pequeños soldados rectangulares.
Algunos se balanceaban. Otros rechinaban. Uno llevaba todavía pegado un viejo
cartel de “SE BUSCA”, lo que le daba un aire de forajido arrepentido.
Se reunieron todos en la plaza principal,
formando un semicírculo perfecto alrededor de la estatua del Fundador (que,
como siempre, parecía pedir a gritos que lo dejaran volver a dormir). Cada
buzón giraba ligeramente, emitiendo pequeños golpes en su propio metal, como un
lenguaje secreto. Y de pronto, comenzaron a vomitar cartas.
Sí, vomitar.
Una lluvia de sobres salió disparada en todas
direcciones: facturas atrasadas, folletos absurdos, felicitaciones navideñas de
hace años, cupones caducados, tarjetas de cumpleaños olvidadas. Una auténtica
arqueología postal se esparció por la plaza.
Los vecinos salieron corriendo, no tanto por
miedo como por indignación: nadie quiere reencontrarse con facturas de hace
cinco años.
Intenté recoger algunas cartas, pero cada vez
que me acercaba, los buzones rugían (sí, rugían) al unísono, como si estuvieran
defendiendo la privacidad perdida. Entonces lo entendí: estaban hartos. Harto
de recibir sobres que nadie agradece, de cargar con malas noticias, de tragarse
confesiones ajenas, multas, formularios, solicitudes y arrepentimientos
sellados. Querían descanso. Querían justicia. Querían… vacaciones.
El concejal de Comunicaciones Urbanas —un
hombre que hasta ayer creía firmemente que su puesto era simplemente
decorativo— apareció corriendo, tosió dramáticamente y declaró: — Los buzones
están respondiendo a un colapso emocional derivado de la saturación documental.
Y yo pensé: por primera vez en su vida ha
dicho algo razonable.
Mientras hablaba, uno de los buzones más
viejos avanzó lentamente hacia él y dejó caer una sola carta a sus pies. Una
carta arrugada, amarillenta, con sello de otra época. El concejal la recogió y,
al leerla, palideció. No sé qué decía, pero os aseguro que jamás he visto a
nadie temblar tanto sujetando un simple trozo de papel.
Ahora mismo, los buzones siguen reunidos en
la plaza. No aceptan correo. No entregan nada más. Solo observan. Y esperan.
No sé qué quieren.
No sé qué planean.
Pero algo me dice que, si no actuamos, pronto
se unirán con las papeleras, las fuentes, los bancos, los pasos de peatones y
los semáforos en un frente común.
Y cuando eso pase… bueno, será mejor que
tengamos sobres nuevos, galletas para negociar y, por si acaso, paraguas.
¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!