Con este volumen (dos volúmenes, en la edición que yo tengo) termina la saga inicial de La espada de la verdad. En puridad, termina la saga de La espada de la verdad, puesto que las siguientes novelas ambientadas en este mundo de ficción se agrupan bajo otras denominaciones (Richard y Kahlan y Las crónicas de Nicci).
Salvo por Deuda de huesos, que leeré a continuación, aquí hago un alto. No porque esté cansado de leer sobre este mundo -como le dije ayer a uno de mis hermanos, cuando un universo de ficción, o una historia, atrae mi atención, nunca tengo bastante, aunque lleve casi siete mil quinientas páginas-, sino porque Timún Mas, la editorial que publicó la obra de Goodkind, se paró dos volúmenes más allá, y Minotauro (que es la que lo está reeditando) no ha publicado todavía los siguientes volúmenes (de hecho, cuando escribo estas líneas todavía quedan diez días para que salga a la venta en volumen al que correspondería esta entrada).
Como digo, después de once novelas, toda la trama llega a su fin. Por un lado, la cosa resulta anticlimática, pues Jagang, que ha dado tantos problemas, es derrotado (no diré cómo) de un modo relativamente simple.
Por otra parte, en esta novela hay largas disquisiciones sobre la magia, el libre albedrío, la bondad, la justicia y otros varios conceptos. Goodkind se pone más sentencioso que nunca, y hace que los personajes (básicamente, Richard) o el narrador omnisciente suelten peroratas o tengan soliloquios que ocupan capítulos enteros.
Además, hay varios momentos que mi mente calificaría como deus ex machina, aunque en puridad quizá no respondan a este recurso: Richard llega, de repente, a deducciones que se le han estado escapando a lo largo de once libros (aunque bueno, a mí me pasa a veces resolviendo un sudoku, que paso de no ver la solución a verla, preguntándome cómo pude no verla hasta que la ví... y perdón por el trabalenguas); Jagang (ya lo he dicho), Samuel y Seis son derrotados en unas pocas páginas cada uno y de maneras muy simples; no se explica quiénes son los fantasmas (puesto que ambas han fallecido) de las (supuestas) madres de Rachel y Chase, cómo ni por qué (más allá de para ayudar a que ganen los buenos) aparecen cuando lo hacen; y se saca de la manga el origen secreto de Rachel.
A lo largo de toda la saga, la trama se ha mantenido en un tono menos elevado -más pegado a la tierra, podríamos decir- que en otras sagas, como (desde luego) el legendarium de Tolkien o incluso la Dragonlance, y con menos pretensiones -diría- que Canción de Hielo y Fuego. Las motivaciones de los personajes son mucho más simples, y sus conductas mucho más directas.
Como he solido decir cuando alguien me preguntaba qué estaba leyendo, decía que era a Tolkien lo mismo que un Whopper a un filet mignon (quizá la metáfora no sea culinariamente correcta, pero se entiende).















