Los directivos -llamar dirigentes a quienes están al timón del caos en que se ha convertido la entidad en las últimas décadas es pecar de misericordiosos- del Farça sueltan unas tonterías muy grandes.
Siempre queda la duda de si las sueltan
porque se las creen -es decir, que son ignorantes- o porque piensan que no les
van a contradecir -es decir, que consideran que se dirigen a ignorantes-;
aunque hay una tercera posibilidad: que dado que ambas circunstancias no son
contradictorias y, por tanto, resultan compatibles, se produzcan
simultáneamente.
Para empezar, celebran su fiesta regional (a
la que llaman la Fiesta en un alarde de originalidad sólo equiparable a
llamar bandera a su bandera… que además son los colores heráldicos de
Aragón, corona a la que históricamente pertenecieron los territorios que ahora
integran Cataluña, y que nunca formaron una entidad política independiente) en
el aniversario de una derrota. Derrota que se produjo no en una guerra de
independencia, sino en lo que podríamos considerar una guerra civil en la que
su héroe luchó a favor del bando finalmente perdedor. Pero, como de
costumbre, me desvío del tema.
El actual presidente de la entidad, el
estríper aeroportuario, reivindicó las raíces profundamente catalanas del
club. Club que fue fundado por un suizo (Hans, que no Joan, Gampe), y cuyos colores
son los del Basilea, equipo en el que había militado Herr Gamper.
Para raíces catalanas las del Español de mis amores, que se llama así precisamente en contraposición al extranjerismo de los culés, y cuyos colores son los del blasón del almirante Roger de Lauria.






















