Lo confieso: esta semana he estado a punto de
no escribir nada. No por falta de ideas, ojo (ideas siempre hay, especialmente
malas), sino por pura incredulidad ante lo que ha ocurrido en nuestro querido
Noveno Pueblo. Porque, sí, puede que en otros lugares la gente se queje del
tráfico, de los baches o de las obras eternas… pero aquí hemos topado con algo
peor: la rebelión de los semáforos.
Todo empezó el lunes, cuando, camino del
mercado, me encontré con que el semáforo principal —ese que lleva treinta años
luciendo un ámbar eternamente dudoso— había decidido entrar en huelga. Y no una
huelga silenciosa y digna, no. Una huelga escandalosa, de esas que uno espera
de un trovador borracho o de un poeta adolescente: parpadeando en morse,
cambiando de color cada dos segundos y, en un momento especialmente dramático,
mostrando rojo y verde a la vez (sí, sí: rojo y verde; si eso no es desobediencia
civil, no sé qué lo será).
Naturalmente, en cuanto vi a la gente
discutiendo en mitad del cruce —unos diciendo que el verde prevalece por
tradición, otros que el rojo manda porque es más intenso (argumento cromático
ridículo donde los haya)— supe que tenía material para una entrada. Porque el
caos siempre inspira, incluso cuando huele a embrague quemado.
Por supuesto, el concejal de Alumbrado
Público (un tipo bajito, con bigote ambicioso y gafas que parecen diseñadas
para ver a través de universos paralelos) salió enseguida a dar explicaciones.
Dijo que todo era culpa de una actualización del sistema. Ja. Si yo tuviera
una moneda de cobre por cada vez que oigo eso, podría comprarme mi propio
semáforo (y hacerlo funcionar como corresponde, que no es decir poco). En fin:
lo de siempre. Cuando algo falla, la culpa es de un ente abstracto que nadie
entiende. Muy conveniente.
Pero lo mejor —y aquí viene la hipérbole,
pero te prometo que no exagero (mucho)— fue lo que pasó el miércoles. Los
semáforos menores, esos que se alinean mansamente en las callejuelas del
centro, decidieron sumarse a la revuelta. Primero dejaron de obedecer los
temporizadores; luego empezaron a coordinarse entre sí (o eso parecía, porque
nunca había visto un caos tan coreografiado); y finalmente, en un acto de
rebeldía artística incomprensible, se sincronizaron todos en un verde perpetuo.
El tráfico fluía como un río desbordado, los vecinos gritaban, los comerciantes
cerraban sus puertas… y yo, desde una esquina, tomaba notas con la emoción de
un historiador que presencia el nacimiento de una civilización (aunque aquí lo
único que nació fue una multa colectiva de proporciones épicas).
Y ahora, mientras escribo estas líneas, me
pregunto: ¿qué será lo próximo? ¿Farolas que se niegan a encenderse porque no
se sienten valoradas? ¿Contenedores de basura que exigen vacaciones? ¿Señales
de stop que piden ser llamadas por su nombre de pila?
No lo sé. Pero seguiré atento. Muy atento.
¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!