Mientras permanecen en pie, todos los colosos parecen terribles, amenazadores, imponentes. Es cuando caen cuando la gente se apercibe de que, en realidad, tenían los pies de barro.
La dictadura cubana nunca es que fuera un
titán. Era, eso sí, el brazo útil del régimen soviético para meter una cuña en
el patio trasero del imperialismo yanqui, y desde allí exportar la revolución.
La Habana, alumno aplicado, fue estableciendo sucursales en Iberoamérica que,
caída la dictadura (marxista) de Moscú, le permitieron luego ir sobreviviendo. Me
refiero, claro está, a los sátrapas del régimen: el sufrido pueblo, como en
toda república popular, estaba únicamente a intentar llegar a ver el día
siguiente.
Pero eliminado el socialismo del siglo XXI
-o, al menos, vigilado desde Washington-, los sucesores del tirano del Caribe
le han visto las orejas al lobo y, enfrentados a la coyuntura de que el binomio
revolución o muerte se inclinaba más bien hacia el segundo término de la
disyuntiva, no han tenido más remedio que el de entrar en negociaciones con el
odiado vecino del Norte.
A este paso, Moscú se va a convertir en un lugar de jubilación de tiranos de climas cálidos…

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