Una de las características de las ideologías totalitarias es imponer a las personas qué han de pensar y qué no, qué les debe gustar y qué no, qué les tiene que parecer bien y qué no.
Y claro, como los seres humanos tienen capacidad
de raciocinio -al menos, la mayoría; en el caso de algunos votantes de
izquierda me surgen serias dudas-, son perfectamente capaces de formarse una opinión
por sí mismos.
Si encima entra en juego el dinero, la cosa
está clara: la gente sólo lo pondrá en algo que piensen que les va a suponer un
beneficio (aunque luego resulte fallar, o ser una estafa, lo que cuenta es el
pensamiento que tenía el pastaponiente cuando la ponía), o en algo que
verdaderamente les interese.
Si no lo hacen, por eso será. Sin embargo, los
ideólogos woke son demasiado cerriles (un fanático es alguien que no
puede cambiar de idea y no quiere cambiar de tema, dijo Churchill) como para
sumar dos y dos y deducir que si nadie ha pujado por el precio mínimo exigido para la retransmisión televisada de los partidos de la liga femenina de fútbol, es
porque a casi nadie le interesan.
Aunque seamos campeones de todo.

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