En este volumen, Burroughs vuelve a emplear un recurso que ya había utilizado en Tarzán y las joyas de Opar: el de la pérdida de memoria del hombre mono tras recibir un golpe en la cabeza. Una amnesia por lo demás muy particular, ya que sólo olvida su identidad, pero no todos sus conocimientos y habilidades. En esta ocasión no requiere de un shock para recuperar la memoria, sino simplemente… de otro golpe en la cabeza.
Por otra parte, se nota más claramente que en
otras novelas de la serie el racismo de Burroughs, que no se corta de hablar de
razas inferiores. Aunque, de otro lado, muestra un rasgo de objetividad
cuando contrapone el hecho de que los negros sean mal tratados en Estados
Unidos, donde los blancos tienen el poder, y el que sean los blancos los
maltratados en el África central, donde son los negros los que mandan.
En cuanto al argumento, sería típico de posteriores películas del personaje: un safari se mete en problemas -en este caso, con un culto secreto que no va dirigido contra los blancos (era quizá demasiado pronto), sino contra casi cualquiera que pasara por allí- y tiene que ser Tarzán el que les saque de apuros… aunque, posteriormente, sea él quien requiera ayuda por meterse en un lío (palabras textuales) del que no puede salir por sus propios medios.
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