La izquierda, tradicionalmente, siempre ha sido bastante refractaria a los símbolos patrios, por no decir que, directamente, le dan asco.
Esto ha ocurrido más entre los comunistas. Los
socialistas, por aquello de fingir que son un partido de Estado, han simulado,
mal que bien, que no se les atragantaban. Pero los de la hoz y el martillo han
definido la bandera rojigualda como trapo, al águila de san Juan -que
data de los Reyes Católicos, nada menos- la llaman pollo y alguno ha
calificado la Marcha Real como cutre pachanga fachosa.
Pero la política hace extraños compañeros de
cama, y aquellos que ayer marchaban de la mano hoy están enfrentados. Con motivo
de los pitos al himno nacional (¿para cuándo la suspensión fulminante del
partido, como se hace en la muy republicana Francia?) antes de celebrarse la
final de la Copa de fútbol Su Majestad el Rey, los neocom han repetido
sus monsergas sobre la libertad de expresión, sobre que al Rey no lo ha elegido
nadie o que una final sin pitidos no sería una final normal. Y entonces,
¡oh sorpresa!, salen los cocuquistas a decir que hay que respetar los símbolos que representan al Estado.
Porque si de libertad de expresión se trata, podría decir yo que me hago de vientre en la refitolera madre de todos los seguidores del vago vocacional, pero que en sus padres no, porque dudo que les conozcan. Y que pueden meterse la hoz y el martillo, la Internacional y la bandera tricolor por donde amargan los pepinos.

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