La doctrina Mafalda no es más que el nombre que le doy a lo que en realidad viene sabiéndose desde tiempo inmemorial: que no sólo hay que prestar atención al mensaje, sino también a quien lo emite; y, sólo teniendo en cuenta ambas circunstancias, podrá llegarse a una conclusión confiable sobre cómo debe ser tomado ese mensaje.
Valga esta introducción para empezar a comentar la noticia
de que la prensa de Marruecos alaba el silencio de Sánchez tras el asesinato del líder del Frente Polisario. Vayamos por partes.
En primer lugar, la prensa al Sur del estrecho de Gibraltar
está todavía más controlada por el poder de lo que lo está al Norte, y eso ya
es decir. Si a eso le unimos el hecho de que el reino alauita es una
autocracia, la noticia equivale a decir que es el trono del moro gurrumino el
que emite la alabanza.
Pasemos ahora al hecho de que el Sáhara Occidental fue
provincia (que no colonia: España no tuvo colonias) española hasta 1.975,
cuando abandonamos el territorio con el Caudillo agonizante y una marea humana
presuntamente espontánea pero realmente instigada y controlada por el padre de
quien ahora es el comendador de los creyentes en el país de la estrella de
cinco puntas.
Tradicionalmente, España se ha mostrado del lado de las
reclamaciones saharauis y contraria (tibiamente, pero contraria) al afán
expansionista de Rabat. Así fue hasta hace unos años, cuando -sin encomendarse
a Dios ni al diablo… o quizá a este último-, el psicópata de la Moncloa dio un
volantazo y cambió nuestra actitud en un giro de ciento ochenta grados.
Esto vino precedido de varios desplantes del trono marroquí
al desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer, sin que
este último mostrara la más mínima molestia. Las malas lenguas dicen que es así
porque obran en poder de los servicios secretos marroquíes (es decir, del moro
Mojamé) los datos contenidos en los teléfonos móviles de varios miembros del
consejo de ninistros -incluido quien se sienta a la cabecera de la mesa- y de
sus familiares.
Y que estos datos serían tan comprometedores que sería como
si les tuvieran agarrados por los dídimos, los ovarios o lo que quiera que
tengan entre las piernas. Sumado todo esto, sólo llego a una conclusión. Se
están riendo de él, burlándose y humillándole.
Y él, que busca seguir detentando el poder, tragará carros y carretas sin decir ni pío.

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