Se trata este volumen de lo que los angloparlantes llaman una novella, una narración más larga que un cuento pero más corta que una novela propiamente dicha.
Se relata en esta historia cómo Zedd levantó
los límites que separaban la Tierra Central de D’hara (por el Este) y de la Tierra
Occidental (por el Oeste). Como de costumbre en las historias de Goodkind, al
final de la trama se produce un giro inesperado que hace que todo lo que creía
el lector -y creían los personajes, o al menos algunos- resultara equivocado.
Aprovecho para señalar la incongruencia de
que en un mundo cuya civilización se extiende por al menos tres milenios -algo
que comparte con, por ejemplo Tolkien o George R. R. Martin- no se hayan
producido avances tecnológicos relevantes: la cosa avanzó hasta un estadio
parecido a nuestra Edad Media y ahí se quedó.
Quizá se debe a que en los tres universos de
ficción impide la magia. Dando la vuelta a la afirmación de Arthur C. Clarke de
que una tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia,
podríamos argüir que en un mundo donde existe la magia la tecnología no se
desarrolla.
Un punto a mi favor sería que el mundo al que Richard envía a aquellos que quieren vivir sin magia, así como a los inmaculadamente desprovistos del don, es un mundo sin magia… y es nuestro mundo.

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