Además de malos y tontos, los del partido de la mano y el capullo han sido, históricamente, cobardes.
Por eso, en general, no conjugan el verbo dimitir
en primera persona del singular. Que dimitan otros, pero ellos no. Porque dimitir
sería reconocer que han cometido un error (¡nunca!), que no son dignos del
puesto (¡jamás!), que no son aptos para desempeñar las tareas que se les han
encomendado (¡por Dios!) o, peor todavía, que quienes les critican podrían
tener razón (¡vaya ocurrencia!).
Por eso resulta tan inaudito, tan
sorprendente, tan extraño, que alguien haya dimitido tras la invasión de Ceuta
por las hordas marroquíes tras haberse descubierto que sí, que los servicios de
inteligencia españoles avisaron sobre lo que estaba a punto de ocurrir.
Claro que, como el que ha dimitido es un cargo de cuarta fila (el jefe del gabinete del delegado en Ceuta del desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer), a uno, que es bastante mal pensado, le da por barruntar que quizá, sacrificando un peón, en Moncloa busquen evitar perder un alfil, una torre o, quizá, sufrir un jaque mate.

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