George Orwell retrató a la perfección, en Rebelión en la granja, el modo en que se organizan las dictaduras marxistas (y, por extrapolación, todos los regímenes más o menos autocráticos): se establecen unas normas de obligado cumplimiento por y para todos, pero la élite dirigente se las ingenia para saltarse estas normas, por la vía de hecho o desnaturalizando su espíritu mediante una redacción que lo permita.
En el caso de la España actual, en el
desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer son demasiado
estúpidos -consecuencia de haberse educado (ejem) en su mayoría bajo unas
normas pergeñadas por gente de izquierdas- para retorcer el lenguaje. Si a esto
unimos su desfachatez sin medida, su descaro sin tasa, la consecuencia lógica
es que no hacen ni refitolero caso de lo que, por otra parte, exigen a los
demás.
Es lo que ocurre con el chiringuito sobre vivienda que el psicópata de la Moncloa se ha sacado de la manga para intentar
distraer la atención del océano de mierda que le rodea. Los anuncios no sólo se
sitúan en algunos casos por encima de los precios de mercado, sino que además no
muestran la etiqueta de eficiencia energética correspondiente, pese a que la
normativa exige incluirla en toda oferta, promoción y publicidad dirigida a la
venta o arrendamiento de un inmueble. Tampoco aparece la información relativa a
los gastos de comunidad.
Vamos, que es otro intento de hacer un juego de manos para confundir al personal.

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