No hace falta que venga un informe a decirnos que la educación en España ha decaído. Es algo que cualquiera con dos dedos de frente y dos ojos bajo esa frente es capaz de ver por sí solo.
A lo largo de mi vida he comprobado cómo los
libros de texto son cada vez más delgados y menos de texto, y cómo los
contenidos se van posponiendo. Eso por no hablar del sistema de calificaciones:
antes, suspender era un drama; ahora, ni siquiera llega a ser un mero incidente
con el que se puede pasar de curso.
Y así nos va: que cuando se hacen estudios
internacionales, España pierde puestos vez tras vez, con el mayor hundimiento
en Matemáticas y lectura (casualmente, dos de las cosas que más me gustan en este mundo). Y es que el remedio no es promulgar sucesivas leyes
educativas, ni tampoco (sólo) destinar más fondos. El remedio es volver a la
cultura del esfuerzo, a la búsqueda de la excelencia. Porque, admitámoslo:
aunque no hay tontos absolutos (al menos, esa es mi opinión), sí que hay gente
que no vale para estudiar, por lo que sea.
Y eso no es ningún drama.


