El psicópata de la Moncloa es ducho en fraudes electorales. No en vano, se encaramó a la secretaría general de la banda de la mano y el capullo mediante el uso de urnas preñadas, esto es, cargadas de votos falsos.
Y como aquella vez le salió bien, y viendo que
los sondeos pintan bastos (diga lo que diga su mamporrero en el Club de
Invenciones Socialistas), la hermana del Pitecantropus pucelensis se
sacó de la mano una instrucción que modificaba el engendro de desmemoria
antidemocrática y, en la práctica, concedía la nacionalidad española a los
descendientes de cualquier español que hubiera abandonado el país hasta
mediados de la década de los cincuenta.
Esto era tanto como suponer que todos los que
se habían ido eran rojos (¿no se los había cargado Franco a todos? ¿En qué
quedamos?) y que, por lo tanto, sus descendientes también serían colorados. Que
es mucho suponer, pero nadie ha dicho que el marxismo sea una doctrina que se
apoye en realidades incontrovertibles y en hechos probados.
No sólo eso, sino que poco menos que se les
asignaría a la circunscripción electoral (provincia) que le petara al
funcionario encargado de conceder la nacionalidad. Casualmente, aquellos
en los que la izquierda se encuentra más capitidisminuída.
El propósito de hacer un pucherazo es claro,
diáfano, cristalino, indudable y -por más que ellos lo nieguen- innegable. Tanto
es así, que el Tribunal Supremo -una vez más, la Justicia es el dique que frena
la riada autocrática- ha frenado los efectos en el censo electoral de la
llamada ley de nietos.
Que nos tomaban por primos lo muestra el modo encolerizado en que el desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer ha reaccionado, todos a una echando espumarajos.

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