Hay dos regiones en España -Vascongadas y Cataluña- en el que quizá el sentimiento antiespañol no es mayoritario, pero sí es indudablemente el más ruidoso.
Como consecuencia, cualquier cosa que tenga
que ver con España como nación procura evitarse. Sea la vuelta a España, los
títulos de Princesa de Viana o de Gerona o los partidos de las selecciones
nacionales.
Por eso, cuando con motivo del encuentro
amistoso entre los combinados masculinos absolutos de fútbol de España y Egipto
-en el estadio del club de mis amores, que precisamente lleva el nombre de Español-,
una sección de la afición coreó gritos de musulmán el que no bote, se
aprovechó para lanzar una campaña que criminalizara a la afición de España y al
club de Cornellá, y vetar a la selección nacional en Cataluña.
Lo que pasa es que son tan gilipollas -no hay
otra manera de llamarlos- que no se dan cuenta de que esos gritos no son
racistas -hay musulmanes de todos los colores, blancos incluidos-, machistas ni
xenófobas (que se lo digan a Barbie Gaza, que vale para los tres casos).
De hecho, aquí los únicos que tienen delito de odio son, precisamente, los antiespañolistas.

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