Las zonas de bajas emisiones de las ciudades son, en mi opinión, una soberana gilipollez. Me explico.
Se decreta que determinados vehículos,
supuestamente más contaminantes, no pueden entrar en esas zonas, salvo si se
trata de residentes o se dirigen a un garaje. Esto ya de por sí es una sandez,
puesto que uno u otro hecho no va a disminuir en modo alguno la polución que
emitan.
Pero es que, además, aunque ningún coche contaminante
entrara jamás en esas zonas, la polución no entiende de rayas pintadas en el
suelo. Es decir, que esa polución se desplazará de las zonas más contaminadas
(digamos la periferia de las ciudades) a las menos (digamos el centro), con lo
que habremos hecho un pan con unas tortas. Por no decir que en general no son
los vehículos la fuente de mayor contaminación, sino las calefacciones. Pero vamos
a dejarlo.
Porque hay más. hay vehículos que denominan híbridos
enchufables. Esto quiere decir que pueden funcionar con un motor de
combustión o con uno eléctrico. Sólo por esto ya obtienen una etiqueta de la
DGT que les habilita para entrar en la zona de bajas emisiones. Y, la verdad,
no creo que el conductor se ponga a pensar si entra en modo eléctrico o en modo
combustión: entra y punto. Algún vehículo conozco, mamotreto de trescientos y
pico caballos y grande como la vida, que por ser híbrido puede entrar en la
zona de bajas emisiones mientras que mi coche, con un tercio de los caballos no
puede entrar, sólo por tener veinte años.
Eso por no decir que hay estudios que
demuestran que estos híbridos enchufables estarían emitiendo, de media, seis veces más de lo que indican las pruebas oficiales.
Aquí, una digresión personal, una nota friki.
Hay una serie de álbumes (bande dessinée, de hecho, puesto que los
autores, Greg y Hermann, eran belgas), titulada Comanche, ambientada en
el Oeste americano (en concreto, en Wyoming). En el séptimo volumen, El dedo
del diablo, el protagonista principal de la serie, Red Dust, llega a un
rancho en el que el dueño, un antiguo pistolero (Jed Dexter, que ahora se hace
llamar Joseph Duncan), se ve acosado por los vigilantes (matones) de una
empresa minera que aprovechaba la llamada ley del ápice: un propietario tenía
derecho a explotar las vetas que aflorasen en sus terrenos, y además le
permitía seguirlas bajo el suelo en los terrenos de otros.
Pues bien, hacia el final del volumen, se
produce el siguiente diálogo entre Red Dust y Jospeh Duncan:
- A base de dejar que los vigilantes los aterroricen, se comportan como retrasados. ¡Utilizaremos la ley del ápice a nuestro favor!
- ¿Eh? Pero yo no quiero…
- ¡…ser minero, ya lo sé! ¡Pero la ley no dice nada de cuánto cobre hay que extraer para abrir una explotación! El filón que aflora en vuestra casa… ¡si sacáis un kilo de cobre al año, todos los jueces os darán la razón, incluso si plantáis cien hectáreas de coles al lado de la “mina”!
- ¿Un kilo? ¿Para disimular…? ¿Y seguir siendo granjero? ¡Maldición! ¡Qué idiota he sido!
Cada vez que sale el tema de los híbridos enchufables, y en concreto el de este conocido mío, me resulta imposible no acordarme de este pasaje.

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