martes, 24 de marzo de 2026

Reflexiones atemporales CCCIV – Cosas a cambiar (5): El Tribunal de Cuentas

Como sucede con la mayor parte del aparato del Estado, la situación del supremo órgano fiscalizador del sector público no es responsabilidad exclusiva del psicópata de la Moncloa. Él, simplemente, se ha limitado a aprovechar las fallas del sistema. Que las tiene.

Para empezar, los consejeros del Tribunal de Cuentas no deberían haber militado en ningún partido político, ni ocupado cargos que impliquen nombramiento por políticos. Es inevitable, dado el sistema de elección de los mismos -seis por el Congreso, seis por el Senado- que haya un cierto componente ideológico, pero no debería ser tan marcado.

Por otra parte, el Tribunal de Cuentas es el único organismo de la Administración que, teniendo cuerpos especializados (tres, para ser exactos), no tiene reserva de plaza para los miembros de dichos cuerpos. Cualquier funcionario, aprobando unas oposiciones más sencillas, puede mediante concurso entrar a trabajar en el Tribunal de Cuentas. Que puntos de vista externos son de agradecer, pero debería ser la excepción, y no la norma.

Uniendo los dos puntos anteriores, los puestos de consejeros, si no todos, deberían ser ocupados por gente de la casa. No sólo conocen la materia mejor que cualquier eminencia venida de fuera, sino que son menos sospechosos de tener querencias políticas. En el pleno actual, por ejemplo y por primera vez desde hace décadas, no hay ningún miembro que pertenezca a los cuerpos propios del Tribunal.

Para todo lo anterior ni siquiera sería necesario reformar la Constitución: con modificar la normativa del Tribunal -su Ley Orgánica y su Ley de Funcionamiento, además de dotarle finalmente de un Estatuto de personal- bastaría.

Lo de reorganizar las competencias de los distintos Departamentos de Fiscalización ya es otro tema, que daría para varias entradas…

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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