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sábado, 25 de octubre de 2025

Falta personal

La televisión pública regional catalana -o, por mejor decir, sus profesionales- tiene, por sobre todos los demás defectos -o, al menos, eso es lo que parece- dos: estulticia y mala educación.

Recuerdo hace años, en un partido de baloncesto del Barcelona, que un reportero preguntaba a uno del público, micrófono en mano, en catalán… y cuando el entrevistado le contestaba en español, el periodista seguía usando ese dialecto del occitano que se habla en Barcelona.

Hace un par de semanas, en otro partido del equipo rojiazul, con los locales por debajo en el marcador, la periodista se dirigió a uno de los jugadores, Darío Brizuela, en catalán. Teniendo en cuenta que el jugador es easonense, resultaba poco probable que conociera lo bastante el idioma cooficial de la región.

La periodista repitió la pregunta, esta vez en español, interesándose por la remontada que estaba protagonizando el equipo catalán. Y aquí fue el jugador el que metió la pata, quizá molesto, al negar ninguna remontada puesto que seguían cinco puntos por detrás en el marcador.

Debe ser que en el Barcelona sólo consideran remontada las que implican darle la vuelta al tanteo, no sólo acortar distancias.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

domingo, 24 de septiembre de 2023

El sueño de Sooley

De vez en cuando, John Grisham se aparta de la temática puramente legal y aborda otros temas. En este caso, se centra en la figura de un jugador de baloncesto sursudanés, que sólo en un año pasa de ser un diamante en bruto a otro perfectamente tallado y pulido.

El estilo de la novela me ha resultado algo más desgarbado que de costumbre, algo más forzado, por decirlo de alguna manera. Eso sí, como ya he dicho otras veces, no deja de traslucir su ideología profundamente demócrata (en el sentido partidista estadounidense), aunque con mucha menos estridencia que Stephen King.

Y, cuando llegué al final, no pude evitar acordarme del caso de Len Bias.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

sábado, 30 de julio de 2022

No creo yo…

Confieso que nunca pensé que tendría algo que criticar sobre Pau Gasol. Cómo le tendré en consideración, que hasta escribo su nombre de pila en ese dialecto del occitano que se hablaba en Barcelona, en lugar de traducirlo al español, como tengo por costumbre con todos los españoles.

A lo que iba. El mayor de los Gasol -a diferencia del mediano, que en ocasiones abre la boca más de lo que debería, al menos en mi opinión- siempre ha sido un tío muy calmado, muy ponderado y que nunca ha dicho una palabra más alta que otra, ni a destiempo. Pero parece que el ser humano perfecto no existe, y él acaba de demostrarlo.

Porque, con motivo de la salida de su tocayo Pablo Laso del banquillo del Real Madrid -el que un servidor vaya teniendo una edad lo demuestra el hecho de que recuerde las primeras veces en que el entonces base saltó a la cancha: joven, delgado y con espinillas-, el pívot catalán se ha permitido señalar que le habían sorprendido las formas del Madrid.

Estando de acuerdo con él -la manera en que se ha finiquitado la relación entre la entidad y el entrenador del primer equipo de la sección de baloncesto no han sido las más elegantes-, en esta ocasión quizá debería haberse quedado callado. Porque si hay una entidad que ha demostrado nulo tacto a la hora de terminar relaciones con sus empleados -técnicos y jugadores, futbolistas y baloncestistas-, es el Farça.

Aunque quizá lo que haya querido decir Gasol es que es una actitud que sí podría esperarse del Barcelona, pero no del Madrid.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

sábado, 17 de julio de 2021

Proceso al proceso (230)

Hay muchas razones por las cuales detesto al Fútbol Club Barcelona. Todo arrancó con un partido de baloncesto entre el Barça y el Madrid, en el que los hinchas culés se dedicaban a llamar hijo de puta a Arvydas Sabonis. Como decía yo, dirigir ese epíteto a, por ejemplo, Dražen Petrović tendría una justificación, pero el pivot lituano se ha conportado siempre, dentro y fuera de la cancha, con una cortesía exquisita.

A partir de ahí, la cosa vino rodada, y que la entidad se sumara a las reclamaciones secesionistas (o que se dejara utilizar) por ellas no ha contribuido precisamente a minorar mi desprecio por todo lo rojiazul. Quizá influya el sesgo de confirmación, por el que miraré mal todo aquello que diga o haga alguien que me cae mal.

Lo más irónico es que, según Wikipedia, la letra del himno del Barcelona hace referencia al carácter abierto e integrador del club, con la intención de no diferenciar la procedencia geográfica de los seguidores donde lo que realmente importa es apoyar al equipo y lograr la unión por la fuerza azulgrana. Nada más lejos de la realidad, donde tanto directivos como algunos jugadores -charnegos incluso, como Javier Hernández- se dedican a denigrar a España y a los españoles.

A esto no ha sido ajeno el estríper aeroportuario, que utilizó la entidad como un trampolín para emprender una corta y poco exitosa carrera política, y que -otro vendrá que bueno te hará- ha vuelto a presidir la entidad dos veces salvada por Franco. En relación con los indultos, el susodicho ha declarado que se alegra por los indultos, porque le ilusiona el entendimiento.

Pues a ver si me entiendes, h*** d* l* g********* p***: si seguís por ese camino, no os va a apreciar ni el tato.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Generalizaciones

Lo habitual entre los progres –al menos, los españoles, que son los que tengo más cerca- es que cualquier suceso, opinión, declaración, proclama, iniciativa… lo que sea, que no esté de acuerdo con sus postulados, sea inmediatamente descalificado en términos denigratorios: si se critica a una mujer, se es un machista; si se critica a un extranjero, se es xenófobo; si se critica a alguien que no sea de raza blanca, se es racista; y así sucesivamente (no quiero ni pensar en lo que ocurre cuando criticas a una extranjera que no sea blanca).
Es decir, convierten las críticas ad hominem (o ad mulierem) en descalificaciones genéricas: si yo digo que doña Rojelia es una inútil y una sectaria, no estoy criticando a todos los jueces, ni a todas las mujeres, ni a todos los que tienen ideología comunista, sino únicamente a una comunista que primero fue juez y luego alcaldesa de Madrid, con resultados mejorables en ambos desempeños; si digo que Barack Hussein Obama era más fachada que contenido, no estoy criticando a los mulatos, ni a los estadounidenses, sino únicamente a la persona que trabajó en el Despacho Oval entre 2.008 y 2.016. Y así sucesivamente.
Vamos a los casos recientes. En la víspera de la final del campeonato del mundo de baloncesto, que se jugó entre España y Argentina, un tal Manolo Lama (cuyo nombre me suena vagamente, pero al que no sería capaz de poner cara) tuiteó lo siguiente:
España-Argentina, ni un solo jugador de color. Antes basket era igual a músculo, ahora ya no
El titular era El inclasificable tuit racista de Manolo Lama a cuenta de la final del mundial de baloncesto. El redactor incurre en una contradictio in termini, puesto que declara que el tuit es inclasificable y, dos palabras después, lo clasifica como racista. Por lo visto, el tal Lama es un gilipollas por muy temprano que se levante (el baloncesto, además, más que de músculo ha sido tradicionalmente cuestión de centímetros), pero tampoco es de recibo que cada vez que la raza interviene en una conversación, se tilde de racista a conveniencia a alguno de los intervinientes. Con haber dicho El desafortunado tuit de Manolo Lama etcétera (y desafortunado sólo porque vivimos en unos tiempos de corrección política exacerbada en la que algunos se soliviantan sólo porque otro abra la boca), todo arreglado.
Es como otro mamarracho, Ignacio Escolar, que repite la pamema progre de que a Ana Julia Quezada (la asesina del hijo de su pareja) se la odia por ser mujer, inmigrante y negra (la tríada que mencionaba antes). Para empezar, a esa mujer no se la odia: se la aborrece, se la detesta, se la desprecia… pero, como leí hace ya un par de décadas, odiar a alguien es darle demasiada importancia. E inspira esos sentimientos, sobre por ser una asesina, por ser una hipócrita consumada, una desalmada, una aprovechada y muchas otras perlitas semejantes.
Así lo entendió el jurado popular que la condenó, por unanimidad, por asesinato con alevosía.
¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

miércoles, 25 de julio de 2018

Hablemos de baloncesto

Conocí el baloncesto de la NBA en los años ochenta (del siglo pasado, como suele decirse… pero no pueden ser otros años ochenta, ni para mí ni para ese baloncesto) gracias a la enciclopedia Mi baloncesto, de Antonio Díaz Miguel.
En aquel entonces, la rivalidad entre los Celtics de Boston y los Lakers de Los Ángeles se encontraba en su punto álgido. Quién sabe por qué, pero me sentí más atraído por el equipo verdiblanco que por el morado y oro. Para mí, el primero encarnaba –y todavía encarna- el equipo por encima de las individualidades (a pesar de tener un jugador del calibre de Larry Bird), mientras que los angelinos giraban alrededor de otra figura de primera magnitud como Earvin Magic Johnson.
Igualmente, en aquella época empezaba la carrera de, para algunos, el mejor jugador de la Historia, Michael Jordan. Pero, como yo decía, de un negro de dos metros lo menos que podía esperarse era que saltara como un gamo; mientras que los casos de un base de más de dos metros y un alero blanco con aspecto de sobrepeso sí que tenían mérito.
Viene todo esto a raíz del cambio de equipo de uno de los jugadores más determinantes de la última década larga, Lebron James, que ha ganado campeonatos en dos equipos y ahora marcha a un tercero que va de capa caída desde que su última figura –Kobe Bryant-  inició su inevitable decadencia.
La cuestión es si un jugador tan determinante, capaz de echarse un equipo a la espalda y llevarle hasta las finales de la NBA será capaz de revitalizar a los alicaídos lacustres. Si logran armar un equipo a su alrededor, quizá puedan ponerse a la altura de los Golden State Warrirors y, por lo tanto, tendrán opciones de volver a ganar el anillo.
Teniendo en cuenta que los Lakers están a sólo un campeonato del récord de los Celtics, espero que no lo consigan. Al menos, no hasta que los de Boston ganen de nuevo un campeonato.
Algo de lo que, a día de hoy, están más cerca que los californianos.
¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

domingo, 11 de diciembre de 2016

Cuando éramos los mejores

Mi primer contacto (a nivel de conocimiento, quiero decir) con la NBA fue a mediados de los ochenta, cuando se empezó a publicar el coleccionable de Mi baloncesto, de Antonio Díaz Miguel. Precisamente en esa época estaba en su cénit la rivalidad entre Magic Johnson y Larry Bird, dentro de la más general entre los Celtics y los Lakers.
De esa época es, por supuesto, el considerar a los de Boston como mi equipo favorito de la NBA, con un quinteto que podía (y puedo) recitar de carrerilla: Dennis Johnson, Danny Ainge, Larry Bird, Kevin McHale y Robert Parish. Y de esa época son también, creo, las primeras retransmisiones en España de la liga estadounidense, con la voz y el estilo inconfundibles de Ramón Trecet.
Luego llegaría la época del reinado de Michael Jordan y sus Bulls, para muchos el mejor jugador de baloncesto de la Historia. Sin embargo, suelo decir que lo de Jordan no tiene mérito: de un alero negro de dos metros, lo menos que se espera es que salte como un gamo. Más mérito tiene ser un base de dos metros con cinco centímetros, o un alero blanco y más bien lento (con el hándicap añadido de unos dolores crónicos de espalda de los que no supe hasta mucho tiempo después).
A lo que voy. La crónica de esa rivalidad, que comenzó antes de la universidad y que desembocó en respeto mutuo e incluso amistad profunda es probablemente la obra de no ficción más entretenida que haya leído en mucho tiempo. Y por mucho que la coautoría incluya a las dos leyendas del baloncesto, el mérito creo que corresponde a la periodista Jackie MacMullan.
Aunque claro, con una historia así, difícil sería no hacerla entretenida. Y el título original (Cuando el juego era nuestro) es mucho más ajustado que la traducción, aunque no tenga ese regusto ochentero a canción de Loquillo y los Trogloditas.
¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

jueves, 15 de octubre de 2015

¡Hala con Alá!

La semana pasada saltó la noticia –luego en principio desmentida por fuentes del club- que durante la celebración por la consecución de la Supercopa de baloncesto (trofeo que en puridad debería corresponderle al Real Madrid, al igual que la de fútbol al Barcelona, puesto que cada equipo ganó las dos competiciones correspondientes en su deporte respectivo) un jugador azulgrana, de nacionalidad senegalesa y de religión musulmana, entró en un estado de frenesí –y no precisamente etílico- al ser mojado con cava.
Esto me trae a la memoria el hecho de que en los grandes premios de Fórmula 1 y de motociclismo que se celebran en países musulmanes –no he visto todavía a las hordas presuntamente laicas y realmente anticatólicas protestar en tales casos por la falta de separación entre religión y política, es decir, por la falta de aconfesionalidad- las bebidas espumosas que se entregan a los ganadores no son alcohólicas, sino un sucedáneo apto para mentalidades mahometanas.
Estaría bien que en tales países se mostrara con otras religiones en general, y con los cristianos en particular, el mismo respeto y la misma tolerancia que ellos nos exigen a nosotros.
A veces, dándose de cabezazos contra las paredes.


¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

martes, 22 de septiembre de 2015

España, otra vez campeona de Europa

Hay varias diferencias importantes entre las selecciones españolas de fútbol y de baloncesto (que acaba de ganar por tercera vez el campeonato de Europa de selecciones):
  • A la primera, desde hace tiempo, se le llama la Roja, probablemente por aquello de no pronunciar la palabra España (ya hace más de media vida que yo dije que estaba cansado de ser estepaisano, que yo lo que era es español). Con la segunda no hay equívocos: es la selección ESPAÑOLA de baloncesto. Y punto pelota.
  • El seleccionador (actual) de baloncesto es un tipo serio que va a lo suyo y al que el qué dirán parece importarle, como debe ser, un pito. El seleccionador (actual) de fútbol es una especie de bienqueda que va de bueno y suele quedar como la mierda (qué diferencia con su predecesor, más del estilo de Scariolo).
  • Los jugadores de la selección española de baloncesto, con los lógicos relevos, ausencias y lesiones, llevan juntos década y media: más que una selección, son un equipo de amigos que se reúnen cada verano para disfrutar y hacernos disfrutar a todos. Los jugadores de la selección española de fútbol son, en general (siempre hay excepciones) una panda de creídos que, en general, van a lo suyo.
  • En la selección española de baloncesto no hay regionalismos ni equipismos: se juega por España, se gana por España y se pierde por España. No hay disensiones porque, en general, no hay disensiones entre los clubes. En la selección española de fútbol, cuando se gana, cada uno saca su banderita, y algún charnego malnacido se permite hacer política de club.
  • A la selección española de baloncesto no se la pita (por parte de los aficionados españoles, se entiende), ni a ninguno de sus jugadores. A la de fútbol tampoco se la pita (todavía), pero a cierto defensa central sí; y lo que te rondaré morena, porque aquí o hay libertad de silbido para todos, o para ninguno.
  • La selección española de baloncesto nos hace vibrar. La de fútbol nos aburre, hasta cuando gana.

Hay más, claro que sí (en la de baloncesto no hay primadonnas, aun cuando razones para serlo algún jugador tendría), pero con esas basta.
¡¡¡VIVA ESPAUÑA!!!

martes, 25 de agosto de 2015

Ni más alto, ni más claro

En estos tiempos en que algunos jugadores catalanes de fútbol, presentes y pasados, vienen a decir que vistieron la camiseta de la selección española poco menos que por obligación, es de agradecer que alguien se exprese con claridad en este tema, lejos de las ambigüedades melifluas a las que tan aficionados son el calvo modosito y el charnego hipócrita.
Me refiero, claro está, a Pau Gasol, más de década y media dándolo todo por sus clubes y esforzándose año tras año para acudir a las convocatorias de la selección española de baloncesto. A propósito de lo cual, el pívot español lo ha dicho de manera que hasta los más tontos (o malvados) serán capaces de entenderlo: jugar con la selección no es una obligación, es un orgullo.
No se puede decir más alto, y es muy difícil decirlo más claro. Ya podría aprender su hermanito…

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!