A ver, yo tenía la firme intención de descansar este fin de semana. Incluso pensé —iluso de mí— en no escribir absolutamente nada. Pero el Noveno Pueblo, fiel a su vocación de laboratorio del absurdo, ha vuelto a superarse. Y esta vez no han sido semáforos ni farolas: han sido los bancos del parque.
Lo supe el jueves a primera hora. Bajé al
parque para hacer algo que llevaba tiempo posponiendo: observar pájaros (una
actividad que, según algunos, relaja mucho; según yo, es simplemente una excusa
para mirar al vacío sin que la gente te pregunte qué te pasa). Pero en cuanto
puse un pie en la Avenida del Sauce Torcido, algo me pareció raro.
El banco número 7 —sí, aquí todos tenemos
nuestros favoritos y los hemos numerado mentalmente— ya no estaba donde debía.
En su lugar había dos surcos perfectamente paralelos en la tierra, como si el
banco hubiera decidido abandonar su puesto a rastras. Y no, no lo había movido
el viento, ni una pandilla de adolescentes aburridos, ni un coleccionista de
mobiliario urbano (que también los hay). Era evidente que el banco se había ido
por su propio pie… o mejor dicho, por sus propias patas.
Seguí el rastro ―porque uno es curioso por
naturaleza (y, aceptémoslo, un poco cotilla)― y lo encontré nada menos que en
lo alto de la colina del parque, mirando al horizonte como un filósofo en pleno
arrebato existencial. Si hubiese tenido brazos, estoy seguro de que habría
estado fumando en pipa.
Antes de que pudiera procesar la escena, oí
un ruido atrás. Me giré y vi que otros bancos estaban avanzando en formación,
arrastrándose por el paseo con el crujido solemne de quienes llevan décadas
soportando conversaciones ajenas, meriendas desordenadas y declaraciones de
amor de dudoso gusto. Y, por primera vez en mi vida, me dio la impresión de que
los bancos estaban… hartos.
Muy hartos.
Los observé acercarse entre ellos, torciendo
ligeramente sus respaldos como si estuvieran saludándose. Se reunieron
alrededor del banco número 7 —que ahora, por razones que desconozco, parecía
una especie de líder espiritual del mobiliario sedentario— y empezaron a formar
un círculo perfecto. Era casi ritual. Uno de ellos, viejo y astillado, se
inclinaba hacia adelante cada pocos segundos, en lo que interpreté como
asentimientos cargados de sabiduría (o de termitas, quién sabe).
El ambiente era solemne. Tanto que os juro
que hasta los pájaros se quedaron callados. Uno de los bancos más nuevos —con
pintura verde todavía brillante— se movió al centro del círculo y, para mi
sorpresa, comenzó a balancearse ligeramente, como si estuviera hablando en
código, igual que hicieron las farolas la semana anterior. Me acerqué un poco,
intrigado (y consciente de que esto algún día me traerá problemas serios).
Aunque no entiendo el lenguaje de los bancos
(todavía), pude captar la esencia del mensaje: estaban protestando. No por el
trabajo, no por el clima, ni siquiera por el desgaste físico. No. Su queja era
mucho más profunda: estaban cansados de que nadie los valorara.
Cansados de ser tomados por sentado, de
soportar el peso del mundo (literalmente) y de que todos los habitantes del
Noveno Pueblo asumieran que ellos, los bancos del parque, estarían siempre ahí,
quietos y obedientes.
Y, en un gesto que jamás habría imaginado
ver, se levantaron —figuradamente, claro— y comenzaron a desplazarse juntos
hacia la salida del parque. Una marcha solemne. Una procesión de madera,
tornillos y dignidad herida.
El concejal de Parques y Jardines (hermano
del de Alumbrado, para desgracia nuestra) ha dicho hoy que “todo está bajo
control” y que “los bancos sólo necesitan mantenimiento”. Sí. Claro. Como si
unos cuantos tornillos y barniz fueran a resolver una huelga emocional de este
calibre. Me pregunto si realmente escucha lo que dice o si solo activa el modo
automático y deja que las palabras salgan solas.
Ahora mismo, mientras termino de escribir,
veo desde mi ventana cómo varios vecinos miran desconcertados la ausencia de
bancos en el parque. Están ahí, apoyados en la verja, como si deliberaran si
cruzar la carretera y buscar una vida mejor más allá del Noveno Pueblo (no los
culpo).
¿Volverán?
¿Se instalarán en otro parque?
¿Formarán una república independiente del
mobiliario urbano?
No tengo respuestas. Solo sé que, en esta
historia, todavía queda mucha madera que cortar.

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