domingo, 10 de mayo de 2026

Inteligencia artificial: Crónica desde el Noveno Pueblo (III): El Alzamiento de los Bancos del Parque

A ver, yo tenía la firme intención de descansar este fin de semana. Incluso pensé —iluso de mí— en no escribir absolutamente nada. Pero el Noveno Pueblo, fiel a su vocación de laboratorio del absurdo, ha vuelto a superarse. Y esta vez no han sido semáforos ni farolas: han sido los bancos del parque.

Lo supe el jueves a primera hora. Bajé al parque para hacer algo que llevaba tiempo posponiendo: observar pájaros (una actividad que, según algunos, relaja mucho; según yo, es simplemente una excusa para mirar al vacío sin que la gente te pregunte qué te pasa). Pero en cuanto puse un pie en la Avenida del Sauce Torcido, algo me pareció raro.

El banco número 7 —sí, aquí todos tenemos nuestros favoritos y los hemos numerado mentalmente— ya no estaba donde debía. En su lugar había dos surcos perfectamente paralelos en la tierra, como si el banco hubiera decidido abandonar su puesto a rastras. Y no, no lo había movido el viento, ni una pandilla de adolescentes aburridos, ni un coleccionista de mobiliario urbano (que también los hay). Era evidente que el banco se había ido por su propio pie… o mejor dicho, por sus propias patas.

Seguí el rastro ―porque uno es curioso por naturaleza (y, aceptémoslo, un poco cotilla)― y lo encontré nada menos que en lo alto de la colina del parque, mirando al horizonte como un filósofo en pleno arrebato existencial. Si hubiese tenido brazos, estoy seguro de que habría estado fumando en pipa.

Antes de que pudiera procesar la escena, oí un ruido atrás. Me giré y vi que otros bancos estaban avanzando en formación, arrastrándose por el paseo con el crujido solemne de quienes llevan décadas soportando conversaciones ajenas, meriendas desordenadas y declaraciones de amor de dudoso gusto. Y, por primera vez en mi vida, me dio la impresión de que los bancos estaban… hartos.

Muy hartos.

Los observé acercarse entre ellos, torciendo ligeramente sus respaldos como si estuvieran saludándose. Se reunieron alrededor del banco número 7 —que ahora, por razones que desconozco, parecía una especie de líder espiritual del mobiliario sedentario— y empezaron a formar un círculo perfecto. Era casi ritual. Uno de ellos, viejo y astillado, se inclinaba hacia adelante cada pocos segundos, en lo que interpreté como asentimientos cargados de sabiduría (o de termitas, quién sabe).

El ambiente era solemne. Tanto que os juro que hasta los pájaros se quedaron callados. Uno de los bancos más nuevos —con pintura verde todavía brillante— se movió al centro del círculo y, para mi sorpresa, comenzó a balancearse ligeramente, como si estuviera hablando en código, igual que hicieron las farolas la semana anterior. Me acerqué un poco, intrigado (y consciente de que esto algún día me traerá problemas serios).

Aunque no entiendo el lenguaje de los bancos (todavía), pude captar la esencia del mensaje: estaban protestando. No por el trabajo, no por el clima, ni siquiera por el desgaste físico. No. Su queja era mucho más profunda: estaban cansados de que nadie los valorara.

Cansados de ser tomados por sentado, de soportar el peso del mundo (literalmente) y de que todos los habitantes del Noveno Pueblo asumieran que ellos, los bancos del parque, estarían siempre ahí, quietos y obedientes.

Y, en un gesto que jamás habría imaginado ver, se levantaron —figuradamente, claro— y comenzaron a desplazarse juntos hacia la salida del parque. Una marcha solemne. Una procesión de madera, tornillos y dignidad herida.

El concejal de Parques y Jardines (hermano del de Alumbrado, para desgracia nuestra) ha dicho hoy que “todo está bajo control” y que “los bancos sólo necesitan mantenimiento”. Sí. Claro. Como si unos cuantos tornillos y barniz fueran a resolver una huelga emocional de este calibre. Me pregunto si realmente escucha lo que dice o si solo activa el modo automático y deja que las palabras salgan solas.

Ahora mismo, mientras termino de escribir, veo desde mi ventana cómo varios vecinos miran desconcertados la ausencia de bancos en el parque. Están ahí, apoyados en la verja, como si deliberaran si cruzar la carretera y buscar una vida mejor más allá del Noveno Pueblo (no los culpo).

¿Volverán?

¿Se instalarán en otro parque?

¿Formarán una república independiente del mobiliario urbano?

No tengo respuestas. Solo sé que, en esta historia, todavía queda mucha madera que cortar.

¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!

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