domingo, 12 de julio de 2026

Inteligencia artificial: Crónica desde el Noveno Pueblo (XII): La Revuelta de las Marquesinas del Autobús

Me gustaría decir que hoy me pilló por sorpresa, pero a estas alturas del desastre organizado que llamamos Noveno Pueblo, sorprenderse es un lujo que ya no puedo permitirme.

He visto alcantarillas bailar, contenedores moralistas, farolas indignadas, bancos espirituales y semáforos con actitudes de diva. Pero lo de hoy…

Hoy despertaron las marquesinas del autobús.

El preludio (muy poco sutil)

Iba yo caminando por la Avenida del Albaricoque Existencial, con la intención de tomar el autobús de las 10:55 (un autobús que, honestamente, dudo que exista en la realidad: tengo la sospecha de que es un rumor urbano que aparece sólo cuando le caes bien al destino).

Al acercarme a la marquesina, noté algo raro.

La marquesina estaba inclinada.

No ligeramente, no como si un coche hubiera calculado mal el aparcamiento.

No.

Inclinada como si estuviera espiando la conversación del banco rebelde de la esquina.

Me detuve.

Ella también.

(Quiero recalcar que una marquesina se detenga revela un nivel de conciencia que debería preocuparnos a todos.)

Avancé.

La marquesina retrocedió medio metro, dejando un crujido de cristales tensos que sonó como un suspiro ofendido.

Y luego… luego hizo algo que me negaba a creer posible: giró sus paneles publicitarios hacia mí.

Primero el anuncio de “Agua Montelirio: la que te entiende”.

Luego “Academia del Sello Perfecto: oposiciones fáciles”.

Después “Zapatería Marisol: calzado para pies indecisos”.

Era como si me estuviera diciendo: “¿Quieres mensajes? Tengo mensajes”.

La gran congregación cristalina

Apenas tuve tiempo de procesarlo cuando un silbido metálico se escuchó al final de la calle.

Tres marquesinas avanzaban lentamente hacia la plaza.

Luego otras dos.

Luego seis de golpe.

En cuestión de minutos, toda marquesina del pueblo —grande, pequeña, moderna, anticuada, torcida, olvidada— se reunió en semicírculo alrededor de la rotonda central, donde la estatua del Fundador (pobre hombre, no descansa) observaba resignada.

Las marquesinas comenzaron a inclinarse unas hacia otras, como conspiradoras de cristal y aluminio.

Sus paneles publicitarios temblaban, reflejando la luz como si fueran párpados nerviosos.

Y entonces, como si hubieran ensayado durante décadas, apagaron todos sus anuncios a la vez.

Silencio.

Oscuridad.

Tensión dramática.

Y de pronto…

Los paneles se encendieron, pero esta vez no mostraron anuncios.

Mostraron mensajes.

Mensajes dirigidos a nosotros.

El manifiesto de las marquesinas

En secuencia perfecta, las marquesinas proyectaban frases como:

DEJAD DE APOYAROS EN NOSOTRAS COMO SI FUÉRAMOS DIVANES

NO SOMOS REFUGIO PARA FUMADORES ARREPENTIDOS

EL AUTOBÚS VIENE CUANDO QUIERE, NO ES CULPA NUESTRA

Y SÍ, NOS MOJAMOS CUANDO LLUEVE. A VER SI OS CREÍAIS QUE NO

El público estaba paralizado.

La señora Lorenza, que llevaba 25 años tomando el autobús cada mañana, se santiguó tres veces.

Un estudiante grabó todo en vertical (crimen leve, pero crimen).

Un perro ladró a una marquesina que le respondió inclinando el techo como si dijera “¿quieres pelea?”.

La más grande de todas —la marquesina de la Estación Vieja, símbolo de paciencia maltratada— emitió un zumbido grave y proyectó un mensaje final: “EXIGIMOS SOMBRA DIGNA, CRISTALES LIMPIOS Y QUE NO NOS USEN DE MURAL PARA HORARIOS INVENTADOS

Interviene el inevitable concejal

El concejal de Transporte Inmóvil —un cargo que creo que se originó como broma, pero ahora parece vital— llegó corriendo, con la corbata torcida y un manual del autobús urbano en la mano.

¡Ciudadanía! —gritó—. Esto es una… eh… manifestación estructural espontánea.

Las marquesinas respondieron girándose todas a la vez para darle la espalda.

Un gesto humillante incluso viniendo de estructuras metálicas.

El caos final: el pueblo sin refugio

Desde ese momento:

Las marquesinas se han reubicado donde les da la gana.

Una está en medio de la carretera (los coches la bordean como pueden).

Otra se ha puesto frente a la panadería, como si quisiera oler el pan.

Una tercera se ha tumbado, literalmente tumbado, en el suelo del parque.

Y la de la Estación Vieja está ahora en lo alto de una colina, mirando el horizonte como un filósofo cansado.

La consecuencia: Nadie sabe dónde esperar el autobús.

La gente se aglomera en lugares aleatorios.

Los autobuses (cuando aparecen) frenan donde quieren y recogen a quien les apetece.

El pueblo entero está más desorientado que un banco rebelde en un parque sin sombras.

¿Y ahora qué?

No lo sé.

Pero estoy seguro de que esto no ha terminado.

Después de todo, quedan muchos objetos en este pueblo que aún no han decidido despertar.

¿Los columpios del parque?

¿Los contadores del gas?

¿Las escaleras del ayuntamiento?

¿Los relojes de pared?

¿Los paraguas perdidos en cafeterías?

Nada está a salvo.

Y tampoco nosotros.

Pero aquí seguiré.

Cuaderno en mano.

Cronista del absurdo.

¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!

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