A los que niegan la barbarie nacionalsocialista o el holocausto judío se les llama (con razón) negacionistas y se les anatemiza. A quienes, en cambio, señalamos las decenas (por no decir centenares) de millones de muertos que el comunismo ha causado -y sigue causando- nos llaman fascistas.
A quienes señalan las barbaridades cometidas
en la guerra civil y la posguerra por el bando primero sublevado y luego
triunfador se les considera historiadores serios y democráticos. A quienes, en
cambio, señalamos que la segunda república española no fue ni mucho menos el
oasis democrático que sus apologetas pintan, o recordamos las matanzas
indiscriminadas de civiles y religiosos por el mero hecho de creer en Dios, se
nos llama fascistas.
A quienes decimos que la banda terrorista de
la capucha y la boina, la serpiente y el hacha, no perdió su combate contra el
Estado ni mucho menos se disolvió o desapareció nos llaman fascistas e
intolerantes. Y nos lo llaman quienes, después de lamer (metafóricamente) el
tafanario al psicópata de la Moncloa, dicen que la izquierda nacionalista vasca era pacifista.
Con dos ovarios, oiga.

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