Como he dicho ya unas cuantas veces -y diré unas cuantas más, a buen seguro-, el marxismo es una ideología que nació hace cosa de dos siglos… y que sigue anclada en la época en la que nació.
En aquella época, si un poderoso negaba una
cosa con la suficiente vehemencia, o simplemente fingía no conocerla, era
bastante posible que consiguiera irse de rositas. Doscientos años después, las
cosas han cambiado.
Hoy, casi todo se sabe, más pronto que tarde.
Además, la Historia nos ha enseñado que cuando uno suelta los perros de la
guerra, no es seguro que pueda volver a meterlos en la caseta sin sufrir alguna
dentellada en el proceso.
Es lo que ocurrió con el progresismo, que
lanzó la campaña del #metoo -la denuncia de los acosos o abusos a las
mujeres- como una muestra de lo concienciados que estaban con el tema. Cómo no
iban a estarlo, si eran más guarros, más acosadores y más abusadores que nadie.
Pero confiaban en las tragaderas de sus seguidores, y en el miedo de las
acosadas.
Pero todo tiene un límite, hasta en el laxo
mundo moral del partido de la mano y el capullo. Y así, otro de los frentes que
acorrala al psicópata de la Moncloa es el de las sucesivas denuncias sobre el
tema (no contra él… de momento), en las que el partido podría ser imputado por haber encubierto -mejor sería decir ocultado- las denuncias internas.
Por la boca muere el pez… y por la salchicha el gorrino, parece.

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