La división de poderes en España es una entelequia, sobre todo en lo que se refiere a la separación entre legislativo y ejecutivo.
Dado que el Gobierno tiene que estar
soportado por una mayoría parlamentaria, al primero le interesará tener lo más
controlada posible a la segunda. Y la manera más segura de controlarlo es manejar
las riendas de los órganos de gobierno del Congreso, al fin y a la postre la
cámara que importa de verdad.
Salvo excepciones, quienes han ocupado la
tercera institución del Estado -me refiero a la presidencia del Congreso- han
solido mirar con simpatía al banco azul (el ocupado por el gobierno). Pero esto
ha ocurrido más -admito el sesgo de confirmación- cuando el presidente del
gobierno se sentaba en el extremo izquierdo de la primera fila del hemiciclo;
esto es, cuando era del partido de la mano y el capullo.
Como con casi todo, lo que ocurre actualmente
no es una novedad, sino una versión corregida y aumentada de lo anterior. De hecho,
los tres últimos presidentes socialistas del Congreso -Pachi Nadie, Mari
Gracia Batet y Paquita Alcanfor- han mostrado un servilismo rayano en lo
obsceno hacia el psicópata de la Moncloa.
Especialmente en el caso de la dipsómana y
delinquidora -se saltó el confinamiento durante la pandemia para irse de copas-
política balear, que utiliza todas las artimañas posibles para barrer para casa
(me refiero a Ferraz, no a su localidad natal de Inca). El último caso (cuando
escribo estas líneas) es el de impedir que el Congreso reclame al presidente del
desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer la disolución
de las cámaras y la celebración de elecciones generales.
Por una vez, el Senado va a servir para algo.

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