En política internacional, como todo en la vida, has de tener cuidado con qué callos pisas, porque te puede salir rana el pisotón. Otra cosa distinta es que eso te traiga al pairo.
Es el caso del psicópata de la Moncloa y su
política exterior. Siguiendo la tradición de la izquierda, se ha manifestado
como un consumado judeófobo (como ya he dicho, lo de antisemita, por más
que el significado se haya asimilado, es inexacto, pues ni todos los judíos son
semitas, ni todos los semitas son judíos), manifestando su simpatía por casi
cualquier régimen que se oponga al Estado de la estrella de David.
Pero los judíos no son precisamente famosos por
olvidar las ofensas recibidas (¿verdad, Shylock?). Si a esto le unimos su alianza
estratégica con el sátrapa alauita -el enemigo de mi enemigo es mi aliado
circunstancial, ya que ambos tienen un enemigo común, el fundamentalismo
islámico-, no es de extrañar el que medios israelíes filtren que Tel Aviv estaría inclinado a apoyar las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla.
La patada se la dan a Pedro Sánchez, pero en el culo de todos los españoles.

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