viernes, 3 de noviembre de 2023

Incultura de la muerte

En cualquier civilización que se respete, la vida humana es sagrada. Hasta la de los más miserables y abyectos miembros de la sociedad debe ser respetada, por abominables que puedan resultar sus crímenes o sus depravaciones.

Por eso, cuando un civilización pierde la consideración por ese bien supremo es que su decadencia ha comenzado. Tanto da que ese menosprecio sea al comienzo de la vida o al final, que sea aborto o eutanasia, en ambos casos es acabar con una vida humana antes de lo que la voluntad divina -para los que somos creyentes- o el puro azar -para los que no lo son- han determinado.

Esa es la razón de que leca con consternación el titular de que el gobierno canadiense ampliará la ley de eutanasia a los drogadictos. Según este proyecto normativo, se permitirá a los toxicómanos solicitar la muerte asistida médicamente.

Pero no sólo eso. También está previsto que la legislación incluya a las personas que padecen enfermedades mentales (que, a lo que se ve, son incapaces para según que cosas, pero no para suicidarse).

De aquí a la eugenesia -como señalan los propios adictos y oenegés- no hay más que un paso.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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