En un grupo cohesionado en el que el liderazgo es indiscutido, las palabras del jefe se toman como si fueran un oráculo de la divinidad, sin discusiones ni incertidumbres.
Por eso mismo, cuando en ese grupo se rompe
el hechizo, al modo en que alguien se libera de la fascinación ejercida por el
mesmerista, es señal de que el liderazgo empieza a resquebrajarse. Y si ya
hasta los miembros menos brillantes se atreven a andar la voz, es que el otrora
mandamás supremo es, aunque él mismo no lo sepa o no quiera admitirlo, poco
menos que un cadáver andante.
Eso es lo que está ocurriendo con la invasión
de Ceuta. En el desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer
nadie levanta la voz porque, quien más quien menos, le debe la poltrona al psicópata
de la Moncloa. Pero hay gente en el partido de la mano y el capullo que se han
procurado una poltrona cómoda y agradable, y quizá sientan que no deben nada a
quien les sacó de la obscuridad de una vida ramplona. O quizá es que vean la
realidad demasiado evidente como para negarla. O quizá es que, simplemente, el
cerebro lo les alcanza para mantener la boca cerrada.
Es lo que ocurre con la Pelos, antaño furibunda antinuclear en Moncloa y hoy más comprensiva en Bruselas, que hace cosa de un mes señaló, poniendo en duda la versión oficial, que ochenta mil personas no se ponen de acuerdo solas.
Será que la distancia le ha dado perspectiva.

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