lunes, 17 de julio de 2017

A buenas horas, mangas… rojas

Alberto Garzón es el ejemplo típico del mal que aflige a la clase política en general y a la izquierda en particular: lo que podríamos llamar un culto a la imagen, que quizá arranca del archiconocido ejemplo del debate presidencial entre Kennedy y Nixon para las elecciones presidenciales estadounidenses de 1.960.
Así las cosas, los paleocom españoles sustituyeron a un agricultor, quizá algo bronco, puede que sin demasiada educación académica y capaz de aparecer con una sahariana tras el acto de toma de posesión de los miembros de un órgano de relevancia constitucional, pero –creo que no me equivoco al afirmarlo, y mira que estoy hablando de un comunista- ideológicamente honesto (aunque hay que tener en cuenta el chiste de que los rasgos de inteligencia, honradez e izquierdismo sólo pueden poseerse de dos en dos), por un joven (presuntamente) telegénico pero bueno para nada, licenciado en Económicas tras haber iniciado Administración y Dirección de Empresas (y, por lo tanto, ideológicamente incoherente, porque la economía y el comunismo se dan de tortas).
Este sujeto hizo bueno el mote de Izquierda Hundida que recibía la coalición paleocom española, al punto que en las últimas elecciones generales acudieron acompañando a los neocom. A diferencia de la mayoría de los españoles, que ya sabíamos que Junior no tolera más voluntad que la suya, Garzón debió pensar que su opinión sería tenida en cuenta o, cuando menos, escuchada.
En algún momento, al modo de Pablo de Tarso, el paleocom ha debido caerse del caballo, ya que hace no mucho puso de manifiesto las deficiencias de la coalición paleo-neocom, afirmando que algo estaba fallando. Según él, hay una notable ausencia de una justa visibilidad de los paleocom en la coalición, algo de lo que ya le había advertido en su día otra luminaria como Gaspar Llamazares.
El pobre Alberto no se da cuenta que la visibilidad que tienen los paleocom es la justa y necesaria: ninguna.
¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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