lunes, 31 de julio de 2017

Humildat

Suelo decir que, para mí, ser de izquierdas o nacionalista (entendiendo por tal como afín a los llamados nacionalismos periféricos) no es una cosa mala en sí misma (de hecho, tengo conocidos de izquierdas –nacionalistas no recuerdo ninguno, aunque sí gente que admite sus tesis… y que, curiosamente, o no, son de izquierdas- a los que aprecio profundamente y con los que me llevo muy bien: con no hablar de política –o de religión-, todo arreglado), pero que cuando el sujeto se me atraviesa, opera como circunstancia agravante.
Lo mismo ocurre con ser del Barcelona, que aisladamente no es ni bueno ni malo. Así, por ejemplo, tengo tres conocidos que se declaran culés. Vamos a llamarlas ellas y él. A ellas las aprecio, y procuro no tocar el tema futbolístico en su presencia; considero su forofismo futbolero en el sentido de bueno, algún defecto tenían que tener, las pobres. A él, en cambio, no puedo ni verlo; no podía ni verlo desde antes de saber que era aficionado al club rojiazul, mucho menos después de saberlo.
Lo mismo ocurre con los que han sido, o son, miembros de alguna de las divisiones deportivas de la entidad: Carlos Puyol o Juan Carlos Navarro, por ejemplo, son para mí ejemplos de perfectos caballeros dentro y fuera del terreno de juego, mientras el charnego secesionista o el calvo melifluo son sujetos éticamente repugnantes.
El calvo, sobre todo. Porque va por la vida de ejemplo de todo, con ese hablar pausado y en un tono suave, cuando en la realidad es que es un hipócrita de marca mayor y un soberbio de tomo y lomo. Eso último lo demuestra el hecho de que él mismo ha reconocido que cuando todo el mundo le dice debes cambiar, él contesta debéis cambiar vosotros.
A continuación dice, quizá sin pretenderlo, algunas de las pocas verdades que han salido de su boca:
  • Yo no voy a cambiar porque no sé hacerlo de otra manera. O, como digo siempre: el entrenador más sobrevalorado del mundo (empezando por él mismo) es un sujeto técnicamente limitado.
  • Aquí, como en todas partes, son once contra once y en el mismo espacio. La diferencia es que el árbitro permite más y entonces se iguala más el juego. Esto lo dice el que ha gozado del favor arbitral en todos y cada uno de los cuatro años que entrenó a los culerdos.
  • Mientras esté Messi, esto será así, refiriéndose al alto nivel del Barcelona. O, dicho de otra manera, cuando el enano hormonado desaparezca del mapa (o, al menos, del vestuario del Campo Nuevo), esta racha apabullante se acabará.
  • Le irá bien [a Ernesto Valverde], como sabía que le iría bien a Luis Enrique. Me remito a mi comentario anterior.


¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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