Los políticos a menudo prometen cosas que no saben si serán capaces de llevar a cabo. De hecho, se atribuye a Enrique Tierno Galván la frase de que las promesas políticas se hacen para no cumplirse.
El psicópata de la Moncloa, en cambio,
promete cosas que sabe que no será capaz de llevar a efecto. Es más, casi
siempre son cosas que no tiene intención siquiera de intentar. Pero hace las
proclamas porque quedan bien, porque se encuentra en una huida hacia adelante y
porque necesita que la gente mire a cualquier parte salvo a su cada vez más
demacrada figura.
Así, hace diez días anunció que prohibiría el acceso a las redes sociales a los menores de dieciséis años. El modelo que sigue
es el que parte de la Unión Europea ha copiado de Australia, y consiste en prohibir
a los menores de dieciséis años el uso de redes sociales: la responsabilidad recaerá en las plataformas,
no en los padres ni en los menores, y serán las redes sociales quienes deban
demostrar que cumplen con el límite de edad establecido.
Pero hay dos problemas: cómo verificar la edad sin vulnerar la privacidad… y cómo evitar que los adolescentes, en general más listos que el hambre, sobre todo en estos temas -ejemplos tengo en mi propia familia- se paren ante la barrera y retrocedan.

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