En este penúltimo volumen de la serie del hombre mono, Burroughs retoma dos recursos narrativos que ya había empleado en varias ocasiones, a saber: una civilización perdida (en este caso, descendiente de los portugueses, que eran prácticamente los únicos a los que les quedaba aparecer) y alguien que se hace pasar por Tarzán.
Con un matiz: el personaje realmente cree ser
Tarzán. En su nombre comete villanías que hace que se mire al héroe con
desconfianza y, naturalmente, éste debe limpiar su buen nombre. Y como nada
parece lavar más blanco que la sangre, allá que se va dispuesto a matarle.
Pero al final la cosa da un giro, que no voy
a descubrir más allá de decir que el villano resulta ser no tan villanesco. Los
verdaderos villanos sufren las consecuencias de su avaricia desmedida, y más de
un personaje decente encuentra un final abrupto.
Señalar aquí que, en el sub universo de
Tarzán, éste es una figura conocida mundialmente (o casi), aunque su existencia
es frecuentemente puesta en duda.

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