viernes, 17 de marzo de 2017

Churchill tenía razón: deshonor, y luego guerra

La política de apaciguamiento con los que se saltan la legalidad a la torera no tiene ningún efecto beneficioso… salvo para los infractores. La cosa no funcionó con Hitler, siguió sin funcionar con los asesinos vascos y tampoco funcionará con los secesionistas catalanes. Tanto unos como otros sólo entienden un lenguaje: el de la firmeza, el de la aplicación estricta de la Ley.
Por eso, cuando hace un mes saltó la noticia de que el delegado del Gobierno en la comunidad autónoma catalana reconocía negociaciones privadas entre el Estado y la Generalidad, se me cayó el alma a los pies, y ello por varias razones. Primero, porque las negociaciones llamadas privadas (léase, secretas) nunca han traido nada bueno. Y segundo, porque ¿cómo puede el Estado negociar con una parte de sí mismo?
Que Cocomocho negara la existencia de tales negociaciones, aunque proclamando que le gustaría que se estuvieran produciendo, no hizo sino confirmar que, en efecto, estaban teniendo lugar. Luego llegó el maricatalán, al que le constaban contactos al máximo nivel, pero sin acercamientos; lo que, dentro de lo que cabe, era una buena noticia, porque con esta gente los acercamientos nunca han tenido lugar salvo cuando la otra parte (es decir, el Estado) ha cedido y se ha movido. Ellos jamás se han bajado de esa burra que es el emblema que han elegido.
Que las negociaciones no van a servir para nada ha quedado demostrado esta misma semana, cuando la sedicente y sediciosa asamblea nacional catalana ha rediseñado el golpe de Estado, haciendo superfluo otro butifarrendum: en el caso de que el Estado impidiera la votación, la asamblea legislativa regional (la de verdad, no esa reunión de delincuentes… aunque bueno, en la de verdad también hay unos cuantos) establecería de forma directa la República catalana.
¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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