En mi vida particular siempre he primado la comodidad sobre la elegancia. Prefiero una camisa vieja y ajada -aunque familiares y amigos me pongan a caer de un burro por llevarla-, pero cómoda, a algo más nuevo que me va a hacer sentir incómodo.
En la vida pública, los actos oficiales
o, en resumen, todo lo que tenga que ver con el trabajo, soy en cambio firme
defensor -y practicante- de ir bien vestido. Como suelo decir, no recuerdo que haya
habido un solo día en los (casi) treinta años que llevo trabajando en que no
haya ido al trabajo envuelto (esto es, con traje o, al menos, americana
y pantalón) y con lacito (es decir, con corbata).
Por eso me sacan de quicio los que, so capa
de no se sabe qué progresismo, oposición al elitismo o como quieras
llamarlo, no guardan las formas. Especialmente en el caso de los parlamentarios
españoles.
Ya hace una década y media me produjo
disgusto ver -en persona, no por televisión- al comunista Cayo Lara por los
pasillos del Congreso con una sahariana. Pero bueno, vamos a aceptar buque como
animal acuático.
El acabóse se produjo con la entrada de los neocom
en las instituciones: vaqueros (viejos), deportivas, camisetas, camisas de
leñador, barba de tres días (o de una semana), rastas y, en general, una serie
de cosas que hacían presumir una flagrante ausencia de higiene personal y un
palpable desprecio a las instituciones.
Y ahora va el psicópata de la Moncloa y hace
que los varones del desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de
padecer -o, al menos, los titulares de Despilfarro y del ministerio Uno y
Trino- le acompañen en el hecho de acudir a la sesión de control sin corbata, probablemente
como una especie de brindis a la eficiencia energética. Mientras, en la fila justo
detrás se podía ver a algún despistado con el trapito de origen sedicentemente
croata al cuello.
De casa se viene sudaditos y sufridos, señores míos.

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