jueves, 1 de septiembre de 2016

La prisión turca

Como se decía de Somoza, de Noriega y de tantos otros, Erdogan podrá ser un bastardo, pero es nuestro bastardo. No nos engañemos, el sujeto no me inspira ninguna simpatía, por sus derivas paralelas hacia el autoritarismo y la islamización de la vida pública.
En puridad, la única razón por la que se le tolera lo que se le tolera es la misma por la que se toleró a Gadaffi hasta que los sirios se hartaron de él: porque maneja los resortes del poder en un territorio que actúa como tapón de otros bastardos que no son precisamente de los nuestros, sino más bien todo lo contrario.
Ahora bien, dicho esto, está claro que el tipejo es para darle de comer aparte. Después del conato de golpe de estado (o lo que fuera aquello, porque no quedó demasiado claro), de toda la gente detenida y/o expulsada de sus puestos de trabajo y de todo lo demás, ahora el gobierno turco ha pedido la destrucción de libros vinculados al intento de golpe de Estado. Y, me pregunto yo, ¿cómo se establecerá esa vinculación? ¿Será necesario que su título sea Golpe de estado para torpes, o Cómo derrocar a Erdogan en diez lecciones? ¿O tirarán de proximidad física y serán quemados todos los libros que se encuentren en los domicilios de los (presuntos) golpistas, sea cual sea su tema y autor? ¿Querrán quemar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y su equivalente europeo? ¿Se salvará de la quema el Corán, o también irá a la pira?
Ah, preguntas, preguntas…
¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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