sábado, 21 de agosto de 2021

El papa Paco, papanatas

Aunque es posible que en lo que me queda de vida -como decía Asimov, no cuento con vivir eternamente, aunque intentaré resistir todo lo posible- cambie de opinión (sí, ya, yo tampoco me lo creo), para mí el papa por antonomasia es san Juan Pablo II.

Aunque el porcentaje que los años de su pontificado suponen en relación con mi estancia en este mundo va disminuyendo con el tiempo (afortunadamente… para mí), el hecho de haber sido papa durante mi infancia, adolescencia y primeros años de madurez seguramente ha influido en la afirmación del primer párrafo.

Algo que he observado en todos los obispos de Roma es que, según llegan al solio de Pedro, son recibidos entusiásticamente por el progretariado, que los considera un aire de renovación con respecto a lo arcaico de su predecesor. Ocurrió con san Juan Pablo II, ocurrió con Benedicto XVI (vale, con éste algo menos), y ha ocurrido con Francisco. Y también unánimemente, el tiempo hace que el rojerío les vilipendie tanto como a sus antecesores, cuando comprueban que la Iglesia Católica no actúa en el sentido que la izquierda mundial cree que debería hacerlo, sino como le indica el Espíritu Santo.

A este respecto, el actual titular de la cátedra petrina parece decidido a retrasar todo lo posible el anatema giliprogre. Y si bien tiene posturas que pueden suponer un aggiornamiento de la Iglesia y que son compartidas por la mayor parte de los fieles (caso de la comprensión mostrada a los divorciados o a los homosexuales), hay otras que, al menos para aquellos que no estamos investidos de la infalibilidad pontificia, resultan más chocantes.

Entre éstas podrían encontrarse la comprensión que muestra hacia las tiranías izquierdistas hispanoamericanas (léase, Cuba, Perú y Venezuela), la decisión de restringir al mínimo (o al máximo, depende de cómo se mire) la celebración de la misa en latín o el andar corrigiendo a Jesucristo (que ya hacen falta bemoles) no considerando un milagro la multiplicación de los panes y los peces, sino su compartición.

A mí que este papa cada vez me gusta menos… y no es que, desde el principio, me gustara demasiado.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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