sábado, 28 de agosto de 2021

La sangre manda

Una anécdota que suelo contar (esto es casi una perogrullada: tiendo a repetir las anécdotas una y otra vez) es que cuando era pequeño no quería leer los libros de Stephen King porque (oh, sorpresa, oh, maravilla) eran de miedo.

Todo cambió un verano de finales de los ochenta, cuando a uno de mis hermanos le dejaron It y decidí leérmelo. Desde entonces, he leído casi todo lo que ha escrito el autor de Maine, y puedo decir que, además de escribir terror (aunque, después de todo este tiempo, estoy como quien dice curado de espantos), escribe de casi todo.

King alterna las novelas interminables (tipo Duma Key) con colecciones de relatos o, como en el caso que nos ocupa, lo que los angloparlantes llaman novellas: más largas que un cuento, más cortas que una novela. Y los cuatro relatos que componen el volumen son tan distintos como cabría imaginar.

El teléfono del señor Harrigan es una de las típicas historias de miedo, del estilo (es el concepto que tengo) de Alfred Hitchcock presenta o Cuentos desde la cripta, en la que el protagonista tiene el buen sentido de parar a tiempo. La vida de Chuck es una alegoría, casi lírica, sobre la importancia de la vida de cada cual, la pérdida irreparable que supone su muerte y un trasunto del en mí contengo universos. La sangre manda es un nuevo relato con Holly Gibney -ya decantado totalmente hacia lo sobrenatural-, una especie de continuación de El visitante y una muestra de lo que King es capaz de hacer cuando no se dedica a estirar las historias: el ritmo es endiablado y no da respiro. Finalmente, La rata me recuerda en cierto modo La ventana secreta (o el concepto nebuloso que tengo de esa novela, ya que hace mucho que me la leí y no la he revisitado) y las transacciones a las que debe llegar un autor para terminar su obra, pactos fáusticos incluidos, al menos en el universo de King.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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