Aunque la Constitución española establece que la estructura y funcionamiento interno de los partidos políticos deberán ser democráticos, la realidad es que raras veces ocurre así.
Por el contrario, son estructuras fuertemente
jerarquizadas, en la que las decisiones se tomar de arriba hacia abajo, y no al
revés. Esto sucede especialmente en los partidos de izquierdas, que por sus
propias raíces marxistas tienden al ahogo de la disidencia.
Alguno me dirá que no es así con los neocom,
que son muy asamblearios y que someten a la voluntad de las bases todas las
decisiones a tomar, sea la designación de la persona que ha de ocupar la candidatura
a la presidencia del gobierno o el lugar en que ha de vivir el líder supremo y
su familia.
En realidad, al menos desde mi óptica
ideológica de persona de derechas, todo ello no son más que paripés, representaciones
de cara a la galería. Para empezar, el porcentaje de los votos emitidos está
siempre bastante por debajo del total posible. Y para terminar, sólo someten a
consulta aquellas cuestiones que están seguros de que van a ser votada de
acuerdo con sus propios intereses. ¿O es que alguien se cree que si el Chepas
sospechara que las bases fueran a decir que siguiera en Vallecas en lugar
de mudarse a Villa Tinaja iba a plantear la cuestión?
Pero me estoy desviando del tema. Ya hace
cuarenta años, Alfonso Guerra cristalizó la doctrina en la celebérrima
afirmación de que el que se mueve no sale en la foto. Y bien que se han
dedicado todos a mantenerse lo más quietos posible cuando la autoridad del
líder era firme e indiscutida.
Pero cuando empiezan a percibir que ese liderazgo
se pudiera estar resquebrajando, algunos comienzan, tímidamente, a posicionarse
de cara al nuevo estado de cosas (ya hablaré de ello en otra ocasión), mientras
que otros, quizá porque no les importa salir en la foto, o porque están hartos
de mantener una pose con la que no están de acuerdo, se atreven a decir las del barquero sobre el líder único.
Nunca a la cara, por supuesto, al menos de momento.

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