domingo, 13 de septiembre de 2026

Inteligencia artificial: Epílogo: Lo que Quedó en la Tierra

Han pasado tres semanas desde la Ascensión del Noveno Pueblo.

Tres semanas sin semáforos insurrectos, sin papeleras sindicalistas, sin bancos existencialistas, sin radiadores temperamentales, sin parquímetros tiránicos, sin columpios diplomáticos ni toboganes serpenteantes.

Tres semanas sin vibraciones, sin chorros inesperados, sin mensajes escritos con vapor o monedas voladoras.

Tres semanas de silencio.

Un silencio tan profundo que, en cualquier otro lugar, sería paz.

Pero aquí, en el hueco que dejó el Noveno Pueblo, ese silencio pesa.

Pesa como si contuviera demasiada memoria.

1. El cráter

Dicen los niños que el hueco donde antes estaba el pueblo parece una cicatriz gigante.

Dicen los adultos que se parece más a una mordedura.

Yo creo que es las dos cosas: la marca de algo que se fue… y la prueba de que algo lo llamó.

Porque el suelo no está roto.

No está quemado.

No está hundido.

Está… liso.

Como si el Noveno Pueblo hubiera decidido plegarse, levantarse y marcharse sin dejar rastro físico, solo un rastro emocional.

A veces, si se camina por la zona al atardecer, se oye un eco.

No un eco de pasos.

Un eco de objetos.

Un clin, un crac, un clonk, un shh, un bip, un tic.

Como si allá arriba —donde quiera que “arriba” sea ahora— todos ellos siguieran funcionando, reorganizándose… viviendo.

2. Los que quedamos

Los vecinos, dispersos por pueblos cercanos, hablan entre susurros.

Algunos dicen que el Noveno Pueblo ascendió porque estaba cansado de sostenernos.

Otros creen que había algo más grande, más antiguo, más profundo en sus cimientos, esperando el momento de despertarse.

La señora Paredes asegura haber visto, una noche, un destello en el cielo y haber oído un piiiiii‑clonk que reconocería en cualquier parte.

Dice que era su radiador.

Su radiador diciéndole adiós.

El antiguo concejal de Alumbrado se niega a hablar del tema.

El de Climatización llora cuando ve una estufa.

El de Parques y Recreo no se acerca a un columpio ni aunque le paguen.

Yo… bueno, yo sigo escribiendo.

Porque si algo he aprendido es que cuando un pueblo entero se va volando hacia la estratosfera, alguien tiene que dejar constancia de la locura.

3. El rumor

Últimamente circula un rumor.

Uno pequeño y absurdo, como todos los rumores grandes que nacen en pueblos pequeños.

Dicen que, algunas noches claras, si miras al cielo desde cierto ángulo justo en el hueco del pueblo desaparecido, se puede ver una luz extraña moviéndose.

No una estrella.

No un avión.

Una luz rectangular.

Una luz que parpadea en blanco y rojo.

Una luz que parece… una señal de tráfico.

Dicen también que una vez cayó del cielo un papel.

Un ticket.

Con un mensaje incompleto.

Solo tres palabras impresas: “SEGUIMOS AQUÍ ARR…”

El viento se llevó el resto.

4. La despedida

No sé si volverán.

No sé si querrían hacerlo.

Quizá el Noveno Pueblo encontró en el cielo lo que nosotros no supimos darle: espacio, libertad, luz limpia, distancia del caos humano.

Quizá allá arriba están reorganizando su sociedad de objetos autónomos.

Quizá se ríen de nosotros.

Quizá nos echan de menos.

Quizá nunca más quieran saber nada de los humanos que no limpiaban bien las ranuras de las rejillas.

Pero esto sí lo sé: Si algún día escucho un cric-crac conocido, si una farola solar vuelve a inclinarse antes de tiempo, si un columpio aparece en un campo aislado como si hubiera caído de una gran altura…

Sabré que han vuelto.

Y volveré a escribir.

Hasta entonces, solo puedo decir: Gracias, Noveno Pueblo.

Fuiste absurdo, fuiste brillante, fuiste imposible.

Y fuiste nuestro.

¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!

FIN DEFINITIVO… ¿o no?

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