sábado, 23 de septiembre de 2023

¿Estamos todos locos?

Suele decirse, creo, las Cortes Generales son la sede de la soberanía popular. Si estoy en lo cierto, esta expresión corriente es inexacta.

Porque la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado, como señala el apartado segundo del artículo primero de la vigente (al menos, de iure, aunque en algunos lugares no lo sea de facto) Constitución. Las Cortes no son más que uno de esos poderes (el legislativo), y de acuerdo con el apartado primero del artículo 66, representan al pueblo español. Es decir, serían la sede de la representación de la soberanía, pero no la sede de la soberanía misma.

Puesto que las Cortes están (de momento) en Madrid, y Madrid no tiene lengua cooficial (el cheli no cuenta), todos los parlamentarios deberían hablar, única y exclusivamente, en español, que con la denominación de castellano el apartado primero del artículo tercero de nuestra norma fundamental consagra como la lengua oficial del Estado, añadiendo que todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla (¿recordáis el de facto de párrafo anterior? Pues eso). El segundo apartado del mismo artículo dispone que Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos. Reparemos en la preposición: en. Es decir, podrá disponerse su uso dentro del ámbito territorial de las regiones respectivas, pero no más allá. Y tenga uno ocho apellidos vascos, u ochenta y ocho, en Madrid no podrá obligar a nadie a atenderle en vascuence, sea la versión de laboratorio o cualquiera de las siete variedades regionales (lo mismo vale para los de la barretina o los soplagaitas).

A pesar de lo cual, y con tal de seguir medio minuto más en la poltrona, el psicópata de la Moncloa se ha avenido a tramitar la posibilidad del uso de las lenguas regionales en el Congreso de los Diputados (en el Senado, por aquello de ser la cámara de representación territorial, ya se podía hacer), permitiendo su uso incluso antes de lamodificación del reglamento de la cámara (curiosa norma que entra en vigor antes de su aprobación… una vigencia tiotimolínica, podría decirse, aunque para nada sublime).

Para más inri, al modificarse el reglamento, debe adaptarse a la perspectiva degenerada (huy, perdón, de género) de la izmierda, ya que hay que hablar de oradores y oradoras, parlamentarios y parlamentarias, diputados y diputadas.

Panda de gilipollas… Aunque, para no ser sexista, habría que hablar también de gilichochos (o gilipotorros, que suena más ofensivo).

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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