Por alguna razón, el psicópata de la Moncloa sigue guardando las apariencias del juego democrático.
Sigue manteniendo las instituciones, sigue
convocando elecciones y no ha disuelto el Parlamento. Pero también sigue
buscando controlar todos los resortes del poder para el caso (deseable para
muchos, abominable para él) de que tenga que dejar el poder.
Por eso ha colocado a sus peones (léase,
mamporreros) en el Tribunal Prostitucional, el de Cuentas, el Consejo
General del Poder Judicial y todas aquellas instituciones que puedan suponer un
contrapoder a su ambición desmedida. Aunque luego algunos le salgan rana y
prefieran atenerse a los deberes de su cargo que a atender los deseos de quien
les colocó en él.
Y muy negro debe parecerle el panorama -a
pesar de los luminosos sondeos que va excretando el Centro de Invenciones Socialistas-
para ya, a calzón quitado, busque controlar a la Policía convocando un número mayor de plazas de comisarios y de comisarios principales.
Sería una ironía que acaben deteniéndole, a él y a su banda, aquellos que él mismo nombró.

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