Decía lord Acton que el poder tiende a corromper, y que el poder absoluto corrompe absolutamente. A pesar de ser también católico, pero mucho más cínico, Giulio Andreotti afirmaba que el poder desgasta al que no lo tiene.
No sé el grado de certeza de ambas afirmaciones,
aunque las dos lo tienen en una u otra medida. Lo que si es verdad es que el
ejercicio del poder afecta en mayor o menor medida a quienes lo ostentan (o
aunque sólo lo detenten).
Ha pasado con la mayor parte de los
presidentes de Gobierno de España, pero en ninguno de los casos ha sido tan
evidente como en el del psicópata de la Moncloa. Llegó joven y lozano a la
segunda magistratura del Estado -Pedro el guapo, le llamaban-, pero ya
no necesita maquillarse para parecer demacrado.
Sean las responsabilidades del cargo, el
miedo a la acción de la Justicia o el temor a perder la poltrona -no creo que
sean remordimientos de conciencia, porque ha demostrado muchas veces que carece
de ella-, el hecho es que su aspecto ha empeorado mucho. Tanto, que la historia
del partido de la mano y el capullo en democracia podría resumirse en que
empezó con el Felipe, queremos un hijo tuyo y esperemos que termine con
el come algo, un poquillo, que estás muy delgado.
Lo sospechoso es que quienes le jalean aparecen casualmente en hasta tres provincias distintas.

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