Cuando en un partido político las cosas van bien, o yendo mal tienen expectativas de mejorar, todos suelen actuar de consuno, remando en la misma dirección para lograr el objetivo común de mantener o alcanzar el poder.
En cambio, cuando las cosas van mal, cuando
cada cosa que intentas resulta fallida, cuando ves acercarse, amenazador, el
fin de la bicoca, se entabla una especie de competición a calzón quitado en la
que todos intentan demostrar que son más fieles a las esencias del partido y al
líder que los demás.
Tras el (previsible) desastre del partido de
la mano y el capullo en las elecciones regionales aragonesas, el
previsiblemente futuro desastrado en las regionales madrileñas se apresuró a
culpar al fallecido líder regional, Javier Lambán, de la debacle, por haber
empleado argumentos que eran de la derecha en lugar de confrontar con
ella, impidiendo así el desgaste que debería haber sufrido el ejecutivo popular.
Pero dejando claro, eso sí, la excelente relación que tuvo con el
difunto (anda, que si llegan a llevarse mal).
Pero hete aquí que sale la candida tafracasada, Pili Sonrisas, y sin dar nombres afirma que señalar a unos
u otros como responsables de los resultados no solo es un error, sino que no
nos conduce en la buena dirección.
Pues nada, por mí que sigan peleándose.

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