En uno de los volúmenes más largos de la saga, Goodkind nos adentra en la trastienda de la Primera Orden.
Por el retrato que hace, es difícil no verla
como un trasunto de los totalitarismos marxistas -por aquello de sojuzgar la
iniciativa privada y dar preponderancia a la colectividad sobre el individuo-,
aliñado con un fundamentalismo religioso que (lo siento, soy católico) me
recuerda al Islam por su intolerancia hacia cualquiera que no profese sus
creencias.
Por otra parte, demuestra que casi nadie está
a salvo de que el autor le haga desaparecer, generalmente de forma violenta. Tampoco
nadie, por malvado que aparente ser, queda apartado de la posibilidad de
redención, aunque ésta se produzca de un modo un tanto artificioso.
Goodkind sigue con su afición a las
cantidades desmesuradas: multitudes de cientos de miles de personas, y
ejércitos de millones que se me antojan excesivos para el mundo medievaloide en
el que se desarrolla la saga.
A destacar que el lardo que se menciona existe realmente, y es originario, como el de la novela, de una región famosa por su mármol, mármol que se emplea para hacer los recipientes en los que se cura este alimento durante meses.

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