Creo que son los testigos de Jehová, o la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, o alguna de esas ramas protestantes raras, quienes han vaticinado el fin del mundo.
Y tanto les ha gustado la cosa que lo han hecho
varias veces. Porque, no sé si te has dado cuenta, querido lector, pero el
mundo sigue rodando. Cuando la fecha profetizada llega, y se pasa, y no
ocurre nada, hacen otros cálculos, leen otros signos, y dan una nueva fecha. Nueva
fecha que, indefectiblemente, volverá a fallar y que será sustituida por otra,
y así ad infinitum (o ad nauseam, quién sabe).
Algo parecido ocurre con los apocalípticos
climáticos, los apologetas del calentamiento global. Ya hace tiempo que
vaticinaron catástrofes sin cuento: los casquetes polares fundiéndose, el nivel
marino subiendo, los litorales anegados, los desiertos avanzando. Y todo ello
iba a ocurrir ya (lo dijeran cuando lo dijeran), y todo ello era
imparable e irremediable, a pesar de lo cual había que tomar medidas (¿para
qué?).
Pero, no sé si te has dado cuenta, lector, pero
los casquetes polares siguen donde estaban. Venecia, y Valencia, y Cádiz, y San
Francisco, y Sydney, y tantas y tantas urbes, siguen donde solían. Y en los
últimos treinta y cinco años, la taiga -la mayor masa boscosa de la Tierra- no
sólo no ha disminuido, sino que ha aumentado un doce por ciento, unos
ochocientos cuarenta mil kilómetros cuadrados. Y no lo digo yo: lo dicen los
científicos.
Los de verdad.

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