sábado, 14 de marzo de 2026

Los árboles no les dejan ver el bosque

Creo que son los testigos de Jehová, o la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, o alguna de esas ramas protestantes raras, quienes han vaticinado el fin del mundo.

Y tanto les ha gustado la cosa que lo han hecho varias veces. Porque, no sé si te has dado cuenta, querido lector, pero el mundo sigue rodando. Cuando la fecha profetizada llega, y se pasa, y no ocurre nada, hacen otros cálculos, leen otros signos, y dan una nueva fecha. Nueva fecha que, indefectiblemente, volverá a fallar y que será sustituida por otra, y así ad infinitum (o ad nauseam, quién sabe).

Algo parecido ocurre con los apocalípticos climáticos, los apologetas del calentamiento global. Ya hace tiempo que vaticinaron catástrofes sin cuento: los casquetes polares fundiéndose, el nivel marino subiendo, los litorales anegados, los desiertos avanzando. Y todo ello iba a ocurrir ya (lo dijeran cuando lo dijeran), y todo ello era imparable e irremediable, a pesar de lo cual había que tomar medidas (¿para qué?).

Pero, no sé si te has dado cuenta, lector, pero los casquetes polares siguen donde estaban. Venecia, y Valencia, y Cádiz, y San Francisco, y Sydney, y tantas y tantas urbes, siguen donde solían. Y en los últimos treinta y cinco años, la taiga -la mayor masa boscosa de la Tierra- no sólo no ha disminuido, sino que ha aumentado un doce por ciento, unos ochocientos cuarenta mil kilómetros cuadrados. Y no lo digo yo: lo dicen los científicos.

Los de verdad.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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