Aunque mantiene los personajes (vivos) de los dos primeros volúmenes de la serie, en esta tercera novela del hombre mono se produce un salto en el tiempo de un par de años. Tarzán es ahora, de pleno derecho y abiertamente, lord Greystoke, y como tal vive en Londres con su esposa Jane y su hijo de corta edad, John III (Jack, para los amigos).
Y hasta allí llegan las ansias de venganza de
Rokoff y Paulvitch (a lo largo de la novela nos enteraremos de que, mientras
que el primero era -ya lo sabíamos- un noble ruso, el segundo es un anarquista
de la misma nacionalidad), que -contumaces ellos-, siguen erre que erre intentando
acabar con Tarzán.
En realidad, la novela se centra más en Rokoff,
ya que su compinche aparece sólo al principio y al final. El ruso -cobarde,
miserable, cruel, vicioso- tiene una especie de tira y afloja con
Tarzán, humillándole cuando le tiene a su merced y huyendo por piernas cada vez
que se libera.
El título del volumen viene del hecho de que
Tarzán recluta un pelotón de animales salvajes -un leopardo (denominado
siempre pantera) y una manada de grandes simios- que le ayudan en sus aventuras,
junto con Mugambi, quizá el primer ejemplo -fuera de su tribu waziri- de buen
negro que encontramos en la serie.
A señalar dos inconsistencias: al empezar la
novela, se dice que John Clayton es propietario de una hacienda en África, pero
no se dice cuándo ni a quién la adquirió (cabe suponer el cómo, con las tres toneladas
y media de oro que se llevó de Opar en la novela anterior); y, aunque la novela
termina con un¿quién sabe?, como si Burroughs no supiera si iba a
continuar la serie (lo hizo ese mismo año), cuarenta páginas antes, refiriéndose
a Paulvitch, dice que De haber sospechado el cúmulo de atroces experiencias
que le aguardaban en la jungla durante los largos años futuros, lo que
indicaría que, al menos en mente, tenía un futuro desarrollo de la trama.
Por otra parte, Tarzán se recupera de heridas tremebundas -lucha con grandes simios, con felinos, con un cocodrilo en apenas cuestión de días (empieza el descenso del río con la pierna tocada por su lucha con el cucudrulo, y llega a la costa sin que se mencione el tema)- y sin las más mínimas condiciones de higiene y asepsia. Con todas las ordalías por las que pasa, lo raro es que la única cicatriz que tenga sea la del cuero cabelludo, que se le enciende cada vez que se mosquea.

No hay comentarios:
Publicar un comentario