Tras la final del campeonato del mundo de fútbol, en el que España derrotó a Argentina por un gol a cero, se produjeron en las redes sociales muchas reacciones negativas por parte de los argentinos.
Según ellos, España ganó injustamente… a
pesar de que nosotros lanzamos veinte veces entre los tres palos, y ellos ni
una sola. Probablemente, estaban demasiado ocupados zurrando de lo lindo a
nuestros jugadores como para distraerse con nimiedades tales como el chutar a
puerta.
Las justificaciones ulteriores fueron todavía
más pintorescas, si cabe. Que si Messi es el mejor jugador del mundo y qué
menos que concederle el campeonato en su último mundial. Que si todo fue una
conjura contra los argentinos, a los que de alguna manera chantajearon con no
dejarles jugar competiciones internacionales durante diez años por haber sacado
el cartelito de Las Malvinas son argentinas (¿qué mano negra les
obligaría a ello?). Que si somos unos sosos y unos aburridos porque no llevamos
en volandas al líder del equipo tras ganar (quizá es porque somos precisamente
eso, un equipo, no un séquito de diez de un líder incontestado). Que si no
sacamos a la calle a cinco millones de personas en la celebración en Madrid,
como hicieron ellos hace cuatro años.
Probablemente es porque, además de no tener
de nosotros mismos el insuperable concepto que los argentinos tienen de ellos,
no todo en España gira alrededor del fútbol. Aquí nadie le pide a su madre que
se hipoteque para poder comprar los billetes, el alojamiento y las entradas
para ver los partidos.

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