En esta novela -cuyo título podría haber sido cualquier otro, puesto que la fiera a que hace referencia juega un papel secundario, aunque con cierta relevancia, en la trama-, Burroughs continúa empleando los tópicos de la novela de aventuras, aunque entremezclándolos con su propia mitología personal.
En una trama parecida a la de algunas
películas basadas en su personaje más conocido, un grupo de europeos, ninguno
de ellos demasiado recomendable, se interna en África en busca de un tesoro
escondido en una ciudad perdida (Opar, en la cual el hombre mono debería
establecer una delegación, de tantas veces como la ha visitado) que les
proporcione un botín sin (teóricamente) demasiados riesgos.
Para ello cuentan con alguien (para desgracia
nuestra, es español) que es el doble físico casi exacto de Lord Greystoke. Tal es
el parecido que engaña a sus guerreros y hasta a su propia esposa (por más que
luego ella lo niegue).
Aparecen aquí otras constantes de las novelas
de Burroughs: la consideración de que hay razas superiores (los blancos) e
inferiores (los negros y, dentro de estos, a su vez, subdivisiones desde los
nobles waziri hasta los casi subhumanos vecinos de la ciudad de Opar); la
posibilidad de apareamiento fértil entre humanos y simios, bestializando a los
primeros y elevando la inteligencia de los segundos; la galantería innata de Tarzán
(ya mostrada en Tarzán el indómito), que le impide hacer daño a una
mujer (como él mismo confiesa) aunque le haya hecho las judiadas más gordas; y
el hecho de que, aunque arda en deseos de venganza, al final no es Tarzán quien
acaba con los villanos, sino unos con otros o una especie de justicia poética.
Como pega, algunos errores en la traducción, como hablar de blancos cuando evidentemente se está refiriendo a negros, o inconsistencias como cambiar el significado de Korak de Matador a Asesino.

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