Se sabe que un régimen político no es ya una democracia, y sí una partitocracia, cuando la lealtad a los ciudadanos es sustituida por la lealtad a unas siglas o, peor aún, a un líder.
Es lo que ha ocurrido en España desde que, en
2.018, el psicópata de la Moncloa devolviera al partido de la mano y el capullo
al poder, al frente del desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de
padecer: todo lo que sea disentir de la opinión del líder supremos es
automáticamente calificado de traición. Lo que supone un enorme riesgo, dada su
acreditada tendencia a cambiar de opinión.
Por eso, que a alguien se le ocurra presentarse
a una primarias -ese procedimiento tan extraño a la tradición de los partidos
políticos españoles y, por eso mismo, tan querido (al menos de boquilla) por la
izquierda- en contra del candidato designado por el dedo del líder es automáticamente
calificado de deslealtad.
Aunque la candidata designada tenga menos valor por sí misma que un euro de corcho.

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