Hace algunas semanas vi un monólogo (pretendidamente) cómico en el que el monologuista ironizaba sobre las diferencias entre el español de España y el de Venezuela.
Naturalmente, al final no pudo evitar meter
la monserga progre y achacar el hecho de que en España se doblen las películas
a una imposición de los gobiernos franquistas. Y aquí radica la cuestión: han
hecho al Generalísimo responsable de tantas cosas que ha devenido un ser casi
mitológico, capaz de las proezas más inverosímiles… porque distan entre ellas
siglos.
Por ejemplo: la expulsión de los musulmanes y
de los judíos fue una decisión franquista (olvidando la tradicional
hermandad con los países árabes que proclamaba el Régimen y el hecho de que
España protegiera a millares de judíos durante la Segunda Guerra Mundial); el
que los Reyes Católicos adoptaran como emblema el águila de san Juan se
decidió, alternativamente, en El Ferrol o a bordo del Azor; si Carlos III
decidió que la bandera de España fuera la rojigualda, fue porque hizo caso al que
sería el general más joven de Europa; el Real Madrid ganó seis copas de Europa,
cinco de ellas consecutivas, a pesar de que su presidente era confesadamente
monárquico y de que los equipos del régimen eran el Atlético de Madrid y el
Fútbol Club Barcelona; ganamos Eurovisión dos veces porque desde El Pardo se
presionó a todas las televisiones europeas; y así sucesivamente.
Volviendo al tema, la decisión de doblar las
películas -aparentemente, el hecho de que la misma medida se tome en distintos
países de Europa y hasta del mundo también debería ser culpa del Caudillo, para
no quitarle la responsabilidad de que se haga en España- se inició durante la
infausta segunda república española. Pero tranquilos, progres, que no fue una
decisión del progresista gobierno de entonces, sino una imposición de
las productoras estadounidenses (con el capital hemos topado, amigo Sancho, y
no me refiero al tochaco del jeta vocacional y su mantenedor) para no perder
cuota de mercado con el advenimiento del cine sonoro.
Y luego quieren que algunos no le tengan en
una peana, a pesar de su voz aflautada.

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