España es, en teoría, una democracia donde rige la
separación de poderes. Sin embargo, el sistema que, seamos generosos, planteaba
la Constitución de 1.978 ha devenido más bien en una partitocracia, basada en
la premisa de que los partidos reciben el voto del pueblo y, por lo tanto, se
consideran con un plus de legitimidad democrática. Es decir, que los partidos
vienen a sostener que, a su través, el pueblo lo controla todo. En realidad, lo
que ocurre es que el pueblo no controla nada.
El Ejecutivo debería dirigir la acción de Gobierno
y ordenar la vida pública. Hasta ahí, bien. El Legislativo, además de elaborar
las leyes, debería controlar al Ejecutivo. Pero ¡ay!, en el Legislativo lo que
hay es una serie de parlamentarios que han sido puestos ahí por los partidos y
que, si tienen la ocurrencia de controlar al Ejecutivo, ya pueden ir
despidiéndose del escaño, así que adiós a lo del control. Y en cuanto al
Judicial, con un órgano rector que constituye una contradictio in terminis por cuadruplicado (puesto que ni es
consejo, ni es general, ni es poder, ni es judicial) y que desde 1.985 es un
apéndice más de los partidos políticos, mejor nos olvidamos.
Porque es que, además, tiene unos escrúpulos de lo
más extraños, ya que en general procura no actuar en víspera de procesos
electorales para no interferir. En el caso de Felipe González se habló de no estigmatizarle; en el caso de Arturito Menos, el Tribunal Superior de
Justicia de Cataluña ha decidido no imputarle para no interferir en las elecciones catalanas.
Es decir, mejor votar a alguien que no sabes si es
un delincuente o no (es una manera de hablar, sabemos que es un
delincuente, aunque no haya sido declarado judicialmente como tal) que despejar
la duda antes de las elecciones…
…no vaya a ser que resulte que, al final, se le
declare culpable.
¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!
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