Cuando
los neocom eran todavía los que
dirigían a los piojosos perroflautas –y no los perroflautas mismos, porque nada
hay menos perrofláutico que un
profesor de universidad, un becario o una concejal-, gozaban del beneficio de
ser relativamente desconocidos. Nadie sabía quién eran Junior, o el becario ubicuo, o incluso el canario de las rastas, y
mucho menos cuáles eran su propósito y su modus
operandi.
Pero
ha ido pasando el tiempo, y algunos de esos individuos se han encaramado a
poltronas públicas. Todavía no dirigen ninguna comunidad autónoma, aunque sí
varias de las ciudades más importantes de España –gracias a, nunca me cansaré
de repetirlo, el apoyo de los suciolistos-,
y ocupan escaños en las Cortes y las asambleas legislativas regionales.
En
todos esos sitios han dejado claro qué piensan y cómo actúan: que son tan
prepotentes, o más, que aquellos que venían a derrocar; que son tan corruptos,
o más, que aquellos que venían a apartar del poder; que son tan enchufadores, o
más, que aquellos a los que denominaban la
casta; que apoyan a los enemigos de España en particular y de la
civilización occidental en general, empezando por los asesinos terroristas,
pasando por los totalitarismos de ultraizquierda y acabando por las teocracias
islamistas.
Por
todo ello no es de extrañar que cuando el becario ubicuo y la calientacamas
emérita de Junior aparecieron en un
programa de La Secta, la audiencia de
la cadena se hundiera todavía más, hasta irse por el retrete.
Que
es, dicho sea de paso, por donde deben desaparecer los detritos…
¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!
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