viernes, 6 de noviembre de 2015

Es sólo el pretexto

Durante los últimos cuarenta años, CyU ha sido el partido del régimen en Cataluña. Tras una fachada de ideología entre conservadora y democristiana se ocultaba en realidad una cleptocracia autoritaria y omnímoda, en la que más valía hacer como si no pasara nada y no abrir la boca, por si acaso.
Cuando Jorgito Polluelo, por aquello de la edad, dio un paso atrás y avanzó a primera fila su delfín, Arturito Menos, la cosa empezó a resquebrajarse. Llegó al poder la rama catalana del PSOE (esa rama que manda en el tronco, pero que no permite que el tronco mande en ella), y en cuanto a furor necionanista casi dejaron chicos a los necionanistas conservadores; en cuanto a cleptócratas es difícil decirlo, pero cabe suponer que hay ciertos límites difíciles de superar, hasta para un partido con tanta experiencia en la materia como el de los socialistas españoles.
Cuando Arturito, al fin, logró alcanzar la poltrona de la plaza de San Jaime (no la municipal, sino la de enfrente), las cosas ya no eran lo mismo. La época de las mayorías absolutas había pasado, al menos en Cataluña, y para mantenerse en el poder tuvieron que echar mano de los republicanos de izquierdas… aunque más bien fueron éstos los que les echaron mano a ellos, en la zona del epidídimo: les apoyaban en la asamblea legislativa (llamar parlamento a un lugar en el que lo más habitual es oir rebuznos es una incorrección semántica y política), pero no entraban en el gobierno, lo que les evitaba desgastarse. Así las cosas, a Arturito sólo le quedaba jugar la carta de ser más necionanista que sus socios, pisando el acelerador hacia el precipicio secesionista.
Sin embargo, los electores, pudiendo optar entre el original y la copia, siempre tiran al original. Así ha sucedido en Vascongadas, y así sucedió en Cataluña: elección tras elección, la suma de convergentes y republicanos cada vez conseguía menos escaños, y cada vez estaba más equilibrado el reparto entre ambas fuerzas. De derrota en derrota hacia el desastre final, en las últimas elecciones no consiguieron la mayoría absoluta ni siquiera presentándose en una lista única, y han tenido que intentar echar mano de un grupúsculo –el del tío de la chancleta- todavía más radical que el de los republicanos.
Crecidos con su ascenso, los perroflautas de la esquinita, en la noche electoral, se apresuraron a decir dos cosas: que no consideraban que las urnas hubieran legitimado el proceso secesionista (aunque, sobre eso, unos días dicen una cosa y otros la contraria) y que en ningún caso apoyarían a Arturito como presidente de la Generalidad. La excusa se la ha venido a dar el resurgimiento del asunto del tres por ciento (algo ya sabido en Cataluña, en toda España y hasta en el extranjero desde que hace una década fuera proclamado en sede parlamentaria), que les ha permitido exigir a Menos que renuncie o que convoque nuevas elecciones (que serían, si las cuentas no me fallan, las cuartas en un cuatrienio, lo que sin duda constituye un récord casi universal). Y parece que esto último es lo que ocurrirá, porque los antisistema insisten en fulminar al delfín del Polluelo.
Lo que pasa es que, al ritmo al que van, quizá esta vez ni siquiera sumando a convergentes, republicanos y chancletistas alcancen la mayoría absoluta. Dios lo quiera.
¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

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