viernes, 23 de junio de 2017

Reflexiones sobre el sistema electoral británico

Hace un par de semanas se celebraron las elecciones legislativas en el Reino Unido. Me hacía bastante gracia el hecho de que los comentaristas, probablemente sin tener demasiada idea de cómo funcionan las cosas al otro lado del Canal, dijeran que si hace unos meses los conservadores aventajaban en más de veinte puntos a los laboristas, o que si, conforme se desarrollaba la campaña electoral, Corbyn había ido recortando el terreno a May hasta quedar a menos de media docena de puntos.
Es evidente que si se pierde por veinte puntos es muy difícil ganar en las elecciones, por no decir imposible; y lo es aquí, en el Reino Unido, en la China comunista y hasta en la otra. Pero es menos claro que, cuando la diferencia en votos globales es escasa, el que haya obtenido más vaya a ser el vencedor, o que lo sea por tal o cual margen. Y ello se debe al sistema electoral británico, que guarda ciertas similitudes con el francés y hasta con el estadounidense en las elecciones presidenciales (de eso hablaré más tarde). A ver si me explico.
Para las elecciones a la Cámara de los Comunes, el Reino Unido se divide en seiscientos cincuenta distritos uninominales, en los que rige la regla de que el que gana, aunque sea por un solo voto, obtiene el escaño (o, como dirían en el país del té con pastas, the winner takes it all, aunque eso también sea una canción del grupo sueco ABBA). Llevando la exageración al absurdo, si un partido ganara en todos y cada uno de los distritos por un solo voto de diferencia, y sólo hubiera dos formaciones, obtendría todos y cada uno de los escaños de la cámara… habiendo obtenido únicamente seiscientos cincuenta votos más que su rival que, a pesar de obtener (voto arriba, voto abajo) la mitad de los sufragios se quedaría a dos velas (a ninguna, más bien).
Naturalmente, esto nunca ha ocurrido. Lo que sí ha ocurrido en varias ocasiones (es algo de lo que me enteré en segundo de carrera, hace casi treinta años, y desde entonces no lo he olvidado; no tengo los datos a mano, y no me apetece buscarlos en Wikipedia -lo he buscado, de cualquier manera, y no lo he encontrado- ni tampoco posponer esta entrada) es que un partido ha sido el primero en número de escaños siendo el segundo en número de votos. Yo suelo decir que es como si un equipo (de fútbol, de baloncesto, de lo que sea) gana por la mínima y pierde por goleada: podrá ser campeón con más tantos en contra que a favor.
Algo parecido a lo que he dicho ocurrió en las últimas elecciones presidenciales estadounidenses. En la mayoría de los estados rige la norma citada (la cancioncilla de los suecos, ya sabéis), por lo que, aunque Hillary Clinton obtuvo más sufragios directos, Donald Trump consiguió más miembros del consejo electoral y, a la postre, la presidencia del país.
En cuanto a los franceses, allí también tienen distritos uninominales, sólo que hay una segunda vuelta para aquellos casos en los que ningún candidato obtenga la mayoría absoluta en la primera, pasando los dos más votados. Por eso, la representación parlamentaria del Frente Nacional (un uno por ciento, creo) es muy inferior a su procentaje de votos (creo que algo por encima del veinte por ciento): en la primera vuelta les votan sus simpatizantes, y en la segunda… también; lo malo es que todos los demás votan al otro, sea quien sea, por no votarles a ellos. De momento.

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!!

No hay comentarios: